China! Bueno no… Xinjiang mejor dicho

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Me fijé en que de entre la masa de gente esperando a las puertas de China, una pareja de Alemanes y yo eramos los únicos occidentales. Los pobres, quizás en una actitud muy alemana, estaban sentados esperando estoicamente en un bordillo a que les dieran instrucciones.

Fronteras chinas

Al ser los únicos que entenderían inglés me acerqué a hablar con ellos. Me contaron que simplemente les habían dicho que tenían que esperar y no les hacían más caso. Al oír eso, quizás en una actitud demasiado española, le eché morro y crucé los guardias preguntando si hablaban inglés. Me dieron el alto pero no paré y seguí preguntando aun sabiendo que no se enteraban de nada. Como ninguno me entendía me señalaron una garita al final del pasillo. Allí, el único guardia que hablaba inglés me interceptó antes de que entrara y me pidió el pasaporte.

Después de explicar la situación y decirle que andaba con dos amigos mas, cogió tanto mi pasaporte como el de la pareja de alemanes  prometiendo que en cuanto hubiera un taxi disponible entraríamos en él. Para el que se lo esté preguntando; La respuesta es si, un taxi. Los militares en la frontera te consiguen un taxi y te obligan a montarte en él. Sabía que las fronteras chinas serían complicadas pero no me imaginaba semejante panorama. Por lo visto en la frontera sólo te cogen el pasaporte, se lo dan a un taxista con el que te vas al control de aduanas, que en el caso de Irkeshtam está a más de 140 km. Una vez allí es donde deciden si te dejan pasar o no. Por supuesto, el taxi lo pagarás igual… entres o no.

Esperamos cuatro horas hasta poder montarnos en un taxi. Ese tiempo nos sirvió para tener el primer contacto con los Uygur de China. Esta etnia de chinos son de todo menos chinos (cuando digo chinos me refiero a los chinos Han, la etnia mayoritaria y que controla el gobierno y el país en general). Los Uygur tienen su propio idioma (muy parecido al turco) y tradiciones (también parecidas a las turcas), son musulmanes y tienen un carácter totalmente diferente a los chinos Han. Son menos ruidosos y escandalosos, tienen más sentido del decoro (o quizás era más vergüenza) y son, aunque menos directos en su forma de hablar y más lentos de coger confianza, más amigables que los Han (por supuesto, esto es generalizar pero mas o menos a rasgos generales esa es la impresión que me dio a mi). También son diferentes en apariencia, son más corpulentos y robustos. Y en general, como me demostraron todos los que conocí, unos tíos majetes.

Abandoné de la casita de Sary-Tash en Kyrgyzstan sobre las 8 de la mañana de aquel larguísimo día, pero no fue hasta pasadas las 11 de la noche (hora de Beijing, aunque en Xinjiang usan su hora local de manera no oficial ya que Beijing está a 4000 kilómetros más al este y las horas de luz se hacen ridículamente poco convenientes) cuando alcancé “the old town hostel” en Kashgar, la primera ciudad que visitaría en China, a unos 250km al este de la frontera.

Esa noche ya pude comprobar que, una vez más, al cruzar la frontera uno entra en otro mundo. Los paisajes eran bastos y vacíos como en el país vecino pero el hecho de saber que estaba recorriendo lo que era solo una ínfima parte de uno de los países más grandes y poblados del mundo (de hecho el mas poblado), y no ver ni un alma en muchísimos kilómetros del trayecto me hacía sentir aún más pequeño de lo que me sentí en Kyrgyzstan.

El alemán musulmán

La carretera era buena o semi buena todo el rato. En un lugar de aspecto tan remoto, el paisaje se deformaba con las carreteras y postes eléctricos que de manera consecutiva marcaban el camino hacia la civilización cortandolo en dos. Sobre cambiar y deformar el paisaje, los chinos, no sólo no tienen reparos en ello si no que además se les da bien y están orgullosos de ello. En el taxi fui junto a la pareja de alemanes, un chino Uygur de unos 50 años con un gorrito de lana que acababa en punta apoyado sobre la coronilla de una forma un tanto graciosa, y el taxista. Los primeros minutos antes de que oscureciese pasaron lentos y en silencio. Todos mirábamos por las ventanas inmersos en nuestros propios pensamientos. La vieja y estropeada antigua carretera a Kashgar marchaba a pocos metros de la que ahora recorríamos. Tan sólo un año antes el mismo recorrido me hubiera llegado a costar seis horas en vez de dos.

Una vez oscureció comenzó la chachara. Como en toda conversación entre viajeros nos contamos primero nuestras vidas un rato pero la conversación se desvió al tema religión, porque en algún punto de su historia una frase me llamo la atención.

-…Y entonces me hice musulmán…-

-¿Cómo? ¿Eres musulmán?-

Hoy me avergüenzo de mi mismo por haberme sorprendido tanto. Fue uno mas de esos prejuicios de los que he liberar mi mente y mi forma de entender el mundo. Me pregunto si me hubiera sorprendido igual si algún marroquí por ejemplo, me hubiera dicho que se ha hecho Cristiano o si estos mismos alemanes me hubiesen dicho que se habían convertido al budismo.

Si no me lo hubieran dicho, jamás me lo hubiera imaginado. En apariencia eran occidentales de pies a cabeza. Me hablaron de, como ellos lo llamaron, “la parte bonita del islam”. El lado desconocido para los occidentales que tiene el islam y que atraería a cualquiera que se involucrara en ello hasta convertirse en creyente y seguidor de las enseñanzas del profeta. Hablaban del tema desde una perspectiva muy realista y lejana al misticismo de las religiones… quizás más humana que mística es lo que quiero decir. Me hablaban de caridad, respeto, hospitalidad y amor. Quiero dejar claro que me parecieron unas personas muy inteligentes a la hora de expresarse. Lo hacían de una manera cauta y respetuosa. Además luego supe que eran personas con un alto nivel de educación. Ambos estaban cursando un doctorado en diferentes campos. Él en algún campo (que ahora no recuerdo) de estudios de Asia y medio oriente, y ella en literatura francesa (de algún siglo que tampoco recuerdo).

Bueno… fue una conversación curiosa e interesante, de esas en las que sientes que se te abre la cabeza y aprendes algo. Por supuesto yo tengo mis ideas y compartía poco o nada con el 90 % de las cosas que decían, pero he de reconocer que, también 90% de las veces, no coincidía en la perspectiva religiosa desde la que proyectaba sus argumentos pero si en el fondo de lo que decía. Supongo que me hubiera pasado lo mismo con cualquier caso similar de cualquier religión si el sujeto es inteligente, sensible y respetuoso con el resto del mundo tal y como era el caso de esta pareja.

Una vez me he puesto a divagar con pensamientos que quizás tendría que dejar para el día que escriba un libro (si es que llega ese día) y no aburrir al pobre que se quiera leer un blog de viajes. Pido perdón al lector. Pero bueno, sigo con mi historia.

Kashgar

Kashgar era una ciudad ciudad, con su tráfico intenso, sus luces de neon y sus tiendas y restaurantes por doquier. Nos apeamos enfrente del hostal “Old Town” que está situada en la paradójicamente llamada “renovated old town”. Nos despedimos del taxista y entramos a pedir habitación. Yo no tenía reserva así que andaba un poco temeroso de no tener espacio. La suerte quiso que la última cama libre en todo el hostal en unos de los dormitorios estuviese ahí esperándome.

Inmediatamente, antes siquiera de instalarme, ya que llevaba 4 días sin dar ni recibir noticias del mundo exterior, lo primero que hice fue sacar el móvil del bolsillo y y tratar de conectarme a Internet. Una vez más, error de novato y de poco informado. En China Internet está capado y no iba a ser capaz de usar facebook o whatsapp sin un VPN (un programa que simula una IP desde un lugar que elijas), que ademas tampoco podría descargar desde allí. Sin mucho más que hacer, la única opción realista fue escuchar al cansancio y meterme en la cama.

Durante el desayuno a la mañana siguiente, Gabin, un chico suizo que conocí de pasada en Azerbaiyán se acercó para saludar. Que buena casualidad es cuando pasan estas cosas en los viajes. Casi dos meses antes coincidimos brevemente a 4000 km de allí, y aquel día, sin apenas conocernos los dos estábamos felices de ver una cara conocida. Desayunando nos enzarzamos en una conversación sobre que hacer aquel día con otros dos viajeros (un ciclista alemán, y un mochilero belga). Gabin había leído un libro sobre el juego de espionaje colonial que hubo por la zona a finales del siglo XIX. Resulta que Kashgar fue el extremo más occidental tanto del colonialismo británico como de los soviéticos que intentaban tomar posiciones más al sur en busca de una salida al océano índico estableciendo rutas comerciales y, por supuesto, en consiguiente aumentar su hegemonía e influencia geopolítica en Asia. En la ciudad se encontraban los dos consulados rivales muy cerca el uno del otro, y esto dio juego a toda clase de situaciones e historias interesantes. La historia de Gabin nos convenció a todos y decidimos buscar aquella mañana los dos consulados. Más tarde visitar old town y quizás el bazar de comida nocturno.

La mañana fue amena. Aparte de encontrar los dos viejos edificios de sendos consulados, visitamos una granja donde volví a beber leche de camella. Solo que esta vez recién ordeñada. Más tarde fuimos a comer por old town y yo por mi parte, fui a ver la parte nueva de la ciudad donde está la estatua de Mao y los típicos jardines chinos que la rodeaban. Crucé un parque enorme con un lago y en otro extremo y me quedé mirando como grupos de chinos hacían deporte en campos de voleibol, baloncesto y badminton.

Llegué al hostal cuando ya era de noche y la ciudad se veía iluminada por los cientos de neones colocados aquí y allá. En el patio común, sentados en una mesa charlando, encontré con Gabin y los otros esperándome para ir al mercado de comida. Les pedí un un minuto para dejar mis cosas, lavarme la cara y una vez listo salimos rápidamente de allí. Todo el mundo estaba muerto de hambre y las expectativas de ir al bazar de alimentos eran grandes. Pretendíamos hincharnos a comer muchas cosas ricas y muy baratas.

Una vez allí, con solo ver la atmósfera del lugar, uno sabe que todas nuestras expectativas iban a ser cubiertas sobradamente. Por el precio de 5 yuan (70 cnts) un plato de Lagman o de Plof o de tallarines era lo mas común de encontrar. También podías optar por barbacoa; 2 pinchos de carne, un trozo de cordero o una pata de pollo bien grande te constaban 10 yuan (1,40 €).

Empezamos por mi preferidísimo Lagman y de ahí pasamos a la sección de barbacoa donde di rienda suelta a mi apetito con el pollo y los pinchos. Cuando terminé con la carne y pensaba que no podía más, me dio pena no aprovechar la oportunidad y me comí otro plato de Lagman. Después fruta y un helado de nata espeso que hacían de manera tradicional. Apenas podía andar de lo que había comido pero al irme tuve espacio para un zumo fresquito de granada por 3 yuan.

Como era previsible, aquella noche no pude dormir bien debido al atracón que me había pegado. Tuve sueños revueltos y me desperté varias veces debido al calor que hacía en el dormitorio en el que dormían 7 personas más. Ademas un par de chinos roncaban como si estuvieran apunto de ahogarse, cosa que no ayudaba a conciliar el sueño. Me obligué a no sentirme molesto ya que pensé que con el barrigón hasta arriba de comida que portaba aquella noche, yo estaría roncando igual o más que ellos si me quedaba boca arriba.

De camino a Karakol

El día anterior supe que para proseguir mi camino hasta Pakistán por la “Karakoram highway” tendría que pasar por Thashkurgan, una pequeña ciudad a unos 90 km de la frontera con el país vecino, donde hay que hacer todo el dichoso y largo proceso que requiere cruzar una frontera china por tierra. Sabiendo esto, planee ir en bus hasta el lago Karakol donde podría pasar una noche en un Yurt y al día siguiente hacer autoestop hasta Tashkurgan donde pasaría un par de días y arreglaría la salida de China un día antes de que expirara mi escueto visado de tan solo 7 días.

El bus salia a las 7:00 de la mañana hora local desde la estación internacional de autobuses a las afueras de la ciudad. Me levanté a las 5:00 de la mañana para preparar las cosas y salir rápidamente a coger el primer bus a la estación. Salí del hostal, que ya había pagado la noche anterior, y cargado con mi mochilón anduve en la oscuridad de Kashgar siguiendo las indicaciones que me dieron el día anterior. Había apuntado en un papelajo con publicidad de alguna tienda de muebles como llegar hasta la parada del bus que correspondía. Puntual, el primer bus de la mañana me recogió, y al poco rato, por primera vez estuve circulando por la “Karakorum highway”.

A los 20 minutos el conductor del bus me dijo que me bajara allí. Malamente, le entendí que cruzando la calle encontraria la estación de autobuses. Así hice pero en lugar de eso me encontré con unos militares que no me dejaban pasar. No pasaba nada ni mucho menos. Estaban algo así como practicando para un desfile en las premisas de una estación.

Yo, convencido de que era la estación a la que yo iba insistí en entrar. Ante mi insistencia me llevaron con una par de mujeres, también soldados, que en un inglés muy pobre y casi inentendible me preguntaban que quería. Lo expliqué y me pidieron que esperase. Me hicieron esperar bastante pero al final una de ellas vino con un teléfono. Al otro lado del aparato,un hombre me explicó en un inglés perfecto que no estaba en el lugar correcto. La estación estaba un par de kilómetros mas atrás, me la había pasado. Les di las gracias a los militares y una de ellas me dio un papel con las palabras “estación internacional” escrito tanto en chino como en el idioma local de los Uygur.

Con las nuevas indicaciones ya era imposible perderse. Monté en un taxi compartido, le extendí el papel al conductor que lo entendió a la primera y me llevó sin mas problemas. Casi no me cobró nada, supongo que porque estaba cerca y le pillaba de camino. Llegué a tiempo para coger el bus sobradamente. Compre mi billete y me dirigí al vehiculo.

Me senté en la parte trasera y me puse a leer. En ese momento leía “El Medico” de Noah Gordon y estaba totalmente enganchado a la historia. Otros pasajeros también entraban y se sentaban en silencio a esperar que el viejo autobús emprendiera la marcha. El silencio se rompió con la llegada de un grupo de jóvenes turistas chinos que entraron armando alboroto, el cual no cesó hasta que cuando uno de ellos soltó un grito y explotó en carcajadas exageradas y yo alcé la vista de mi libro y me crucé la mirada con él. Enseguida pidió perdón agachando la cabeza en una docena nerviosas reverencias y ninguno de ellos volvió a gritar mas.

Un par de horas después de salir hicimos la primera parada para comer. Yo bajé un poco perdido, pero no me dio tiempo a mirar a mi alrededor para ver que quería de las tiendas callejeras a los lados de la carretera, cuando una de las chicas del grupo de chinos me agarró del brazo y me llevó hasta donde se pedía el arroz o los fideos. Una vez más Lagman fue mi elección. Sólo dos de las chicas hablaban algo de inglés. Dio la casualidad de que ellos también tenían pensado parar a pasar la noche en el lago Karakol y al día siguiente hacer autoestop hasta Tashkurgan.

Después de la ligera pero sabrosa comida montamos de nuevo con cierta prisa al bus. El viaje fue largo y lento a través de tramos de carreteras horribles o a medio hacer. Leer se hacia complicado debido a los botes constantes del cacharro así que iba mirando el paisaje. El tramo de la “Karakorum highway” hasta el lago karakol se iba haciendo cada vez más interesante según avanzábamos en dirección sur.

Al principio, y por desgracia, lo destacable no son las montañas si no las obras de mejora de la carretera por doquier. Estos chinos son capaces de tirar montañas enteras si les hace falta para conseguir lo quieren. Aquellas panorámicas están totalmente deformadas por la mano del hombre, aunque cuanto más entras en el karakorum las grandes montañas se imponen paulatinamente sin dejar que la insignificante maquinaria, los trabajadores y los militares con sus controles tengan tanto protagonismo en aquel paisaje al que no pertenecen.

A pan y agua… y leche de yak

La llegada a Karakol fue un par de horas antes de que anocheciera. Al bajar del bus un montón de gente se echó encima de nosotros. Nos ofrecían Yurts para dormir esa noche con cena y desayuno. Yo me quedé callado y dejé al grupo de chinos que hablara. Ellos ya habían decidido que me quedaría con ellos. Uno de los hombres hizo la mejor oferta y se llevó el gato al agua.

Le seguimos hasta un triste salón en donde el único mobiliario era una chimenea de hojalata situada exactamente en el medio de la sala. Alli seria donde extenderíamos unas mantas en el suelo para dormir. Una vez allí, el hombre pidió el doble de dinero por la habitación si queríamos cena y desayuno. Empezaron a discutir y una de las chinas me contaba lo que sucedía.

Me dolía bastante la cabeza, creo que debido al largo viaje dando botes y la altitud. Observaba en silenciosa angustia como aquel hombre hablaba de manera interminable en chino y ponía cara de “es lo que hay” mientras que las caras de mis compis chinos se llenaban de frustración. Al final, con la cabeza como un bombo, me harté y hablé por encima de todos. Le dije que hablaba demasiado y que tengo aprendido que los que hablan tanto por lo general mienten. Les había dicho otro precio y ahora cambia el precio al doble así que nos íbamos de allí. Cogí mis cosas y los chinos que quedaron atónitos y medio dubitativos. Aunque ante mi arranque hicieron lo mismo.

Teníamos que andar un rato hacia otros yurts pero a mi me daba igual. El hombre nos siguió y convenció a los chinos para que se quedaran, finalmente nos dejaría el precio convenido al principio. Yo no me fiaba y quise irme de todas maneras así que intente convencerlos. Lo pobres les daba apuro dejar ahí al hombre y prefirieron quedarse así que me encogí de hombros y les seguí al interior del cutre salón una vez mas. Pasamos el resto de la tarde paseando por el lago, haciendo fotos y charlando. El lago era bonito, pero comparado con lo que había visto en Kyrgyzstan, Karakol se quedaba un poco flojo.

Ala hora de cenar, el hombre se tomó su venganza sirviendo sólo agua mezclada con leche yak y un trozo de pan duro. En cuanto lo trajo, mis compañeros empezaron a quejarse pero ya no había vuelta atrás y lo peor es que sabíamos que el desayuno sería igual.

Todos, muy respetuosos, me pedían perdón por no habernos ido antes, lo que sin remedio me provocó risa mientras les decía que no pasaba nada. A la mañana siguiente se empeñaron en pagarme lo que costaba el alojamiento. Por supuesto me negué pero no hubo manera. Recogimos y nos preparamos para la jornada de autostop. Me quedaban 3 días en el visado y ya estaba cerca de la frontera. Iba bien de tiempo así que me planteaba hacer lo que me quedaba hasta Pakistán a dedo, pero en Tashkurgan descubriría que no seria tan fácil como pensaba.

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