De las calles de Delhi al majestuso Taj Mahal

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La noche del 15 de Noviembre nuestro autobús llega a su última parada en el centro de Delhi sobre las 11:00 de la noche. Al bajar del vehículo un millar de conductores de rickshaw y taxis nos abordan para que fuésemos con ellos. No había terminado de agitar la cabeza para decirle que no al primer taxista cuando me vino un olor a cloaca que me arrugó la nariz de sopetón.

Primeras impresiones de Delhi

Julio conocía la ciudad un poco, ya había pasado allí unos días cuando llegó de Bishkek, así que pasamos de los taxis y decidimos ir andando hasta un hostal que nos habían recomendado.

La ciudad es enorme, lo que parecía en el mapa una distancia bastante corta, fue más de 40 minutos andando. Con la monstruosa mochila y el calor que hacía, el camino se hacia lento. Las calles estaban bien iluminadas y bastante transitadas para ser la hora que era, no me dio sensación de peligro en ningún momento. Pero claro… en Delhi siempre vas a encontrar gente, hay demasiadas personas viviendo allí como para no hacerlo.

En algún momento durante el trayecto ese olor a cloaca se hizo más intenso hasta el punto de amenazar con hacerme vomitar pero pronto desaparecía o volvía a ser ese tenue olor de fondo que había captado al bajar del bus. Hileras de personas dormían en la acera ocupando por completo el espacio peatonal, por lo que uno debía andar por la carretera. Todos en fila y tapados hasta la cabeza como si se trataran de un montón de cadáveres colocados así a propósito. Listos para el reconocimiento de algún familiar después de un accidente. Este tipo de cosas son fáciles de digerir en realidad, uno sabe que en Delhi verá mucha gente durmiendo en la calle, pero hubo algo que sí que me dejó aquel recuerdo un poco tocado.

Algunas de aquellas personas que vimos durmiendo en la calle, en realidad no sé si dormían o estaban muertas. Algunos de ellos no dormían entre los grupos de personas tapadas con mantas si no que estaban simplemente ahí, tirados como si nada. No parecía que se hubiesen acostado, más bien parecía que se hubiesen dejado caer en algún momento como si de un desmayo se tratara. En mitad de todo y de ningún sitio a la vez. Recuerdo un anciano tumbado en posición grotesca en el medio de la entrada de una boca calle, como si una mano gigante hubiera llevado su cuerpo sin vida hasta allí y lo hubiese dejado caer ahí tal cual, como si nada. Estaba mugriento de los pies a la cabeza y apenas vestía un lungi roto sin ajustar. Descalzo y sin camiseta, con el pelo y la barba que parecían ser blancos pero estaban entre negros y marrones debido a la suciedad que le cubría. Sus extremidades eran delgadas en extremo y aquella posición grotesca en la que se encontraba le daba el aspecto de un muerto que se levanta de la tumba. Aunque no sé si este hombre se levantaría de nuevo al día siguiente.

Al final la andanza no sirvió de nada ya que al no encontrar ningún hostal barato en aquella zona, cogimos un rickshaw que nos llevó cerca del old bazar, donde encontramos lo más barato por 500 rupias (si vas de día y buscas mejor se puede encontrar algo más barato).

Atrapados en Delhi

Ninguno de los dos tenía prisa por llegar a Delhi en realidad, pero queríamos tener todo el papeleo del visado de Myanmar terminado para cuando llegase Jacob, el que iba a ser el tercer compañero de viaje y así poder salir de allí sin perder ni un segundo en aquella ciudad de la que absolutamente nadie nos había hablado bien. Todos, por lo general, la detestan (tanto indios como viajeros) y los que menos como poco te dicen que te la puedes ahorrar.

Era lunes 16 de Noviembre y Jacob llegaba el jueves 19, teníamos 3 días para arreglar lo que hiciese falta y el mismo día que llegase marchar a Agra. El mismo lunes, sin un minuto que perder, fuimos a la embajada de Myanmar. Allí nos informaron de algo que ya sabíamos pero no pensábamos que se tramitara de esa manera. Para entrar a la antigua Birmania por tierra desde India se necesita un permiso especial que ha de gestionar una agencia birmana. No nos tramitarían el visado a menos de que tuviésemos tal permiso. El problema era que la agencia no te gestionaría el permiso a menos de que tuvieras visado. ¿Raro verdad? Que poco me gustan este tipo de problemas de fronteras. Siempre hay una solución en realidad, pero son un dolor en el hígado. Uno tiene que tener cuidado y hacerlo todo perfecto para que no le pongan ninguna pega estúpida.

Volvimos al hostal y nos pusimos en contacto con la agencia. Resulta que podíamos pedirlo y con la prueba de que nos estaban tramitando el permiso (la copia del intercambio de mensajes con la agencia), la embajada nos tramitaría el visado. Pero había otro problema. El permiso cuesta 80 dólares americanos y es solo para un día. Así que teníamos que decirles exactamente qué día pretendíamos pasar por la frontera. En aquel momento tal cosa era imposible, nos quedaban más de tres meses en la India y no teníamos ni idea de cuando saldríamos de allí exactamente. Pasamos parte de la mañana buscando información en Internet sobre cómo hacerlo y encontramos información sobre la posibilidad de gestionar todo en Calcuta, así que decidimos olvidarnos del tema hasta más adelante.

-Joder, lo llego a saber y me quedo en Rishikesh-

-Ya-

Estábamos atrapados en Delhi 3 días más sin nada que hacer. Bueno… podíamos hacer turismo. Y eso hicimos.

Turistas en la ciudad

El primer día paseamos por el lugar donde estaba nuestro hotel, la zona de Old bazar, salimos a cenar y poco más. No habíamos dormido mucho la noche anterior así que aquel día caímos rápido en la cama.

Al día siguiente fuimos andando a visitar “Red Fort”. Andar las calles del Old Delhi es una experiencia en sí misma. La noche anterior todo parecía semi muerto igual que aquel hombre tirado en la calle, pero por el día la ciudad estaba llena de vida. Innumerables personas ocupan todo el espacio que hay en la calle. En aquel mundo no se puede andar, no se puede respirar, no se puede pensar… el ajetreo es tal, que la cantidad de estímulos que llegan a tu cabeza ocupan toda tu capacidad de atención y reacción. El caos se traslada de la calle a tu cabeza y en respuesta te sumerges en una especie de estado vigilante ante aquel entorno.

-Que de gente. Cuidado con la moto. Cuidado con el charco negro del suelo. Uff huele fatal. ¡La vaca! Cuidado con la vaca. Ese tío se ha chocado conmigo. Ese también. Cuidado con la moto de nuevo. Que cosas más bonitas en esa tienda. Joder, se han vuelto a chocar conmigo. La vaca otra vez, mejor paso por delante no vaya a ser que me de una coz. Huele bien, a fruta y caña de azúcar. Ohh huele fatal otra vez. Joder he metido un pie en un charco, de esto muero seguro. ¿Qué hace ese tío? Joder otra vez la puta moto. ¿Qué será eso que están cocinando? Dios, ¿por qué no dejan de pitar?- Algo así es lo que se me pasaba por la cabeza continuamente.

Todavía de camino a Red Fort, andábamos por una calle ancha (un carril para cada lado y aceras anchas) toda ella estaba totalmente abarrotado de gente. Llegados a un punto estábamos atascados. No podíamos avanzar, bloqueados por el tráfico de coches, motos, rickshaws, vacas y GENTE. Había tanta gente que como si se tratara de un festival, estábamos atrapados en una muchedumbre. Al verlo con mis propios ojos, aquí comprendí algo que leí sobre la India en algún lugar. La india tiene cantidad de problemas. Innumerables problemas diría yo, y si le preguntaras a cualquier persona creo que diría lo mismo. Pero todo ellos se pueden resumir en la siguiente frase:

-Hay un problema en la India que es origen y causa fundamental de todos y cada uno de los demás problemas en este país; ese gran problema es que en India, hay demasiados indios.-

Red Fort es grande, es rojo y es bonito. Además de las magníficas edificaciones en el interior, la mejor parte de entrar fue poder pasear sin tanta gente bloqueando el paso. Fue una visita sin mucha sorpresa o emoción. Fue mas bien un paseo agradable, un oasis de tranquilidad en aquel caos existencial. Una vez más, grupos de indios se acercaban a pedirnos una foto, o simplemente a darnos la mano. Paseamos, nos sentamos a ver el atardecer, que resulto tener unos colores increíbles (¿quizás por la contaminación?), y mas tarde salimos con intención de cenar algo y volver al hostal.

Andamos un camino diferente de vuelta a Old Bazar. La afluencia de gente no disminuye hasta más entrada la noche, así que volvimos a pasar todos esos bucles de gente atascada en las aceras. Volvimos a ver gente tirada en medio de las calles y a encontrar esa mezcla de olores nauseabunda en diferentes momentos. Cruzamos varios barrios musulmanes, había más influencia musulmana en Delhi de la que hubiese pensado antes de llegar aquí. Casi sin darnos cuenta habíamos vuelto a andar unas 2 horas entre esas locas calles antes de llegar de nuevo al hostal.

Donde caben 2 caben 3

El día 19, con la mochila a la espalda fuimos a recoger a Jacob a la estación de tren. Nos costó un poco encontrarnos pero al final lo hicimos y fuimos directos a comprar los billetes de tren a Agra, la ciudad del grandioso Taj Mahal. El pobre Jacob llevaba una paliza de aviones y transbordos importante pero nosotros nos moríamos por salir de Delhi. De todas maneras no me daba mucha pena, este catalán es un tío ya bien curtido en viajes y la energía le da da para meterse todas esas horas y bastantes más si es necesario.

Conocí a Jacob en el 2010 en Londres, cuando yo ya llevaba un par de años allí estudiando. Le conocí a través de un amigo que iba a la escuela de inglés con él. Tardamos poco en ver que teníamos intereses en común. Para entonces Jacob ya había estado en África ecuatorial y tenía experiencia como buzo y escalador. Los dos teníamos la misma edad y sueños parecidos. Dijimos en más de una ocasión que teníamos que hacer algo juntos, algún viaje, alguna aventura. No fue hasta unos años más tarde que estrechamos más la relación hasta el punto en que para mí a día de hoy es un hermano y un gran compañero de aventuras. Jacob fue uno de los integrantes originales de Tierra a la vista cuando todo empezó y cuando saltó del barco para perseguir otro sueño (el de convertirse en fotógrafo), lo hizo prometiendo que se volvería a unir en algún momento.

La llegada de Jacob cambió totalmente el ánimo del día a día para Julio y para mí. Este catalán loco en un tío muy gracioso y animado, siempre dispuesto a aventurarse donde haga falta y además siempre de buen humor. Hasta entonces, nosotros estábamos metidos en un viaje un poco más serio, mucha lectura, conversaciones largas sobre ideas y conceptos abstractos y muchos silencios para disfrutar de nuestro alrededor. Con Jacob en realidad esta tendencia continuó, pero todo se hizo mucho más divertido y animado. El cabrón es un payaso. Me alegré que en cuestión de horas Jacob y Julio, que no se conocían de nada, hiciesen muy buenas migas. Así que ahora éramos tres, cada uno con su viaje pero todos en el mismo barco. Y para mí que ellos han sido piratas conmigo en esta aventura loca mía de Tierra a la vista y la vuelta al mundo sin aviones.

En el tren Julito y yo seguíamos con nuestra lectura y un matadísimo Jacob se quedó dormido en una de las literas durante casi todo el trayecto.

Agra; reflexiones en el Taj Mahal

Poco antes de que anocheciese llegamos a Agra. Ahora los Rickshaws eran más baratos entre tres así que ni nos planteamos andar jajaja. Tardamos un rato pero a base de insistir y negociar conseguimos una habitación muy barata. En la Guest House nos enteramos de que ese día la entrada al Taj Mahal era gratuita y que además al día siguiente estaba cerrado. Dos bofetones de una tacada, habíamos perdido la oportunidad de visitarlo gratis y además nos teníamos que quedar un día más en Agra.

Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga y aquel día que creíamos perdido fue, de hecho, muy bien aprovechado. Empezamos a andar cuando terminamos el desayuno y no volvimos a la habitación hasta bien pasado en anochecer. En el paseo nos dio tiempo a los tres para hablar, contarnos cosas sobre nuestros respectivos proyectos y de hacer un poco el plan de la hoja de ruta para los próximos meses en India. Andamos medio Agra por barrios menos turísticos donde los niños se te echaban encima para tocarte, hacerse fotos y por desgracia… también pedirte dinero. Tuvimos la oportunidad de interactuar con la gente local y hacer fotos verdaderamente especiales.

Al final del camino llegamos al río desde donde se puede ver la parte trasera del Taj Mahal al otro lado. Las vistas del fabuloso palacio desde donde nos encontrábamos eran absolutas, diría que incluso desde allí y teniendo en cuenta la distancia y esa neblina tenue que parece que cubre el sub-continente indio en su totalidad en esta época del año, el increíble palacio se veía regio.

Fue pasar de la pobreza a la realeza en pocos metros. Lo exuberante y lo miserable, lo abundante y lo exiguo, lo lujoso y lo andrajoso… en definitiva los pobres y lo ricos. El contraste es evidente hasta un nivel que en mi opinión alcanza lo inmoral. Allí ante la visión del Taj Mahal, no podía dejar de pensar en ello y sentirme mal.

Al día siguiente nos levantamos a las 6:00 de la mañana para entrar al colosal y majestuoso palacio. Todavía con la cabeza llena de pensamientos del día anterior, la reacción natural de quedarse con la boca abierta ante tal maravilla me duró bien poco. Por suerte estaba con amigos y me encontraba en un momento feliz compartiendo aquel momento con personas a las que aprecio y eso hace que uno disfrute de cualquier situación, pero he de reconocer que la India me estaba causando una sensación amarga en general.

Paseamos, reímos e hicimos fotos. Estábamos de viaje en India y teníamos por delante aventuras, risas, problemas y cientos de kilómetros en buena compañía. Por mi parte me sentía muy diferente a cuando estaba en Pakistán o algunos de los países de la antigua U.S.S.R. La soledad del viajero se había desvanecido y había dado paso a la camaradería entre compañeros. Mas adelante volvería a echarla de menos, pero en aquel momento estaba contento por ello. Sabía aun así que volvería a echar de menos la soledad, pero no hasta dentro de un tiempo.

Después de la visita fuimos a recoger nuestras cosas para poner rumbo al Rajastan. Primera parada, la ciudad de Jaipur.

-Chavales me duele la herida de la pierna un poco, creo que se me ha hinchado- Se quejaba Jacob mientras recogíamos el equipaje.

-Se te abra infectado. Cúbrela hombre, no te preocupes no sera nada. Cuando lleguemos le echamos un vistazo –

Un comentario

  1. Luis Iniesta
    | Responder

    Muy grande chaval!!! sigue así.

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