De vacaciones en Goa

con No hay comentarios

Patricia aterrizó el 20 de enero a las 9:00 de la mañana en el aeropuerto de Calicut, ciudad de costa al norte del estado de Kerala. Para no fallar y poder estar sin ninguno de esos problemas eventuales tan típicos en la India, llegué por la mañana del día anterior.

Calicut

Me costó toda la mañana y parte de la tarde recorrer buena parte de la ciudad hasta encontrar un sitio para quedarme. Ningún hotel admitía extranjeros o misteriosamente estaban llenos. En mas de 20 ocasiones que veía un cartel de HOTEL en la puerta y al entrar y preguntar por una habitación me miraban con cara de pensar que estaba loco y me decían que allí no había habitaciones. Mas tarde supe que en algunos lugares de India, no se cómo ni por qué, hotel significa restaurante.

Al final cuando estaba ya desesperado una mujer se apiadó de mi, quizás al verme la cara de cansancio que traía y obligó al marido, que en ese momento me estaba echando del hotel diciéndome que estaba lleno, a darme una habitación. No fue lo que se dice barato para los estándares de la India, pero en aquel momento estaba tan agradecido que no me dolió pagar el abultado precio ni un poco.

Esa misma tarde, antes de que llegara Patricia y sin siquiera preguntarla, compré billetes de tren para salir de allí al día siguiente. La ciudad no me gustó nada. Abarrotada y sucia al nivel de cualquier gran ciudad en India. A esas alturas ya había aprendido a huir con toda la prisa que mis piernas se pudieran dar de aquel tipo de sitios.

Patri llegó y fue un feliz y gracioso reencuentro en el aeropuerto. Dos indios de piel oscura embutidos en sus impecables uniformes de asistentes en el aeropuerto vinieron a buscarme a la puerta de salida de la terminal. Ella se inventó la dirección del hotel donde estábamos (más que nada porque no la sabía) y como no les cuadraba no querían dejarla pasar sin asegurarse de cual era exactamente. Después de hablar con ellos y darles los datos que necesitaban por fin la dejaron pasar.

Era un día gris pero caluroso. Reconozco que andar con Patri por aquellas calles me ponía de los nervios. Cuando voy solo los indios me miran con curiosidad y ya acostumbrado ni me inmuto pero a ella muchos la miraban con cara de psicópatas. No tiendo a prejuzgar e intento entender los comportamientos de las personas valorándolos en sus contextos, pero de verdad aquello era un agobio. Hombres de 50 años se quedaban pasmados y con la boca abierta mirándola fijamente. Solo quitaban la mirada los que se daban cuenta que yo estaba a su lado (que no eran muchos). Aquello me dio aún más ganas de salir de Calicut cuanto antes. Sobre las 19:00 de la tarde montamos en el tren que nos llevaría hasta Agonda, una playa turística aunque tranquila al sur del estado de Goa.

Apresurado aterrizaje en Goa

El tren fue tranquilo en general. Como suele pasar, había una familia de 8 personas ocupando, entre otras varias, una de nuestras literas. Por suerte la otra era la litera lateral de arriba y podíamos sentarnos ahí los dos. El hombre que estaba ya ahí acomodado, como buen indio, se hizo el loco un par de minutos y señalaba otra litera (una de las que ocupaba la familia) para quedarse el acostado donde estaba. Después de insistir con un poco de acoso intentando que no me ignorase se bajó de la litera de mala gana. Llegada la hora de dormir la familia se organizó y nos avisó para que ocupásemos la otra litera que nos correspondía. Agradecimos poder dormir un rato.

Puse la alarma 20 minutos antes de la hora a la que se supone que íbamos a llegar a nuestra parada, Canacona. El tren paró un par de veces en oscuras estaciones desiertas. No lograba saber donde estábamos así que por un rato estuve un poco confuso. Empece a dudar y temer si nos habíamos pasado o no. Por suerte na mujer inglesa se acerco a la puerta del tren también para vigilar si llegábamos a Canacona. Nos dijo que ella ya había estado allí, así que confiando que sabría donde y cuando bajarse pensé en seguirla y punto.

Llego un punto en que tardábamos demasiado y mi inseguridad aumentaba. En cierto momento apunto de parar el tren la mujer aseguró de que eran un par de paradas más pero yo ya estaba demasiado en guardia como para dar nada por seguro. Justo cuando el tren se detenía me acerqué a la puerta donde pregunté a un indio que agrupaba su equipaje para salir en la siguiente parada. Entre la oscuridad y la escasead de carteles jamas pude ver el nombre de la estación así que no había mas manera que fiarse de aquella mujer o preguntar a terceras personas.

Pregunté a aquel chico de manera muy directa.

-Canacona?

La respuesta fue igual de directa. Un dedo señalando el suelo una y otra vez. Yo entendí con cada balanceo del dedo

-Aqui, aqui-

El tren comenzó a moverse. Entré corriendo y gritando a Patricia que cogiera todo lo que pudiese y saliera. La mujer y su pareja salieron también disparados hacia la puerta así que nos bloqueábamos unos a otros. Cuando salimos todos con el tren ya en marcha y acelerando me tuve que subir al tren de nuevo corriendo. La mochila pequeña con todas las cosas de valor (incluido pasaporte) con el ajetreo había quedado dentro. Por suerte los pasillos estaban despejados de gente ya que todos dormían. Salté del tren casi al final del anden y la pobre Patricia al verme a lo lejos pudo respirar tranquila.

La mujer nos pidió disculpas, con la oscuridad y el cansancio no había reconocido el lugar. Compartimos un taxi hasta Agonda con ellos y nos quedamos en la playa juntos hasta el amanecer haciendo tiempo para que abriesen las guest house.

Agonda

Con la oscuridad no diferenciábamos bien cuan larga era la playa, pero según se aclaraba el cielo nos quedó claro que estábamos en una playa considerablemente grande y muy ancha incluso con marea alta. Un grupo de perritos se acercó a jugar con nosotros, así que estuvimos entretenidos hasta que hubo que ponerse en marcha en busca de alojamiento.

No tardamos mucho en encontrar un bungalow que nos gustara, tanto de bonito como de precio después de regatear un poco.

Después de descansar un poco tocó disfrutar de la arena, del sol y de las aguas del Índico. La playa de Agonda diría que se extiende unos 2 km y medio. Lo malo… cada centímetro de esa distancia está ocupada por algún resort, hotel o guest house. Lo bueno… esa primera linea de playa es prácticamente la única. Detrás de ella, quitando algún restaurante más barato y las típicas tiendecitas de ropa, solo había selva.

En el extremo sur de la playa se congregaba un diminuto centro urbano alrededor de la iglesia. Si juntábamos que la playa era muy espaciosa y que además finales de Enero es temporada baja, la sensación de estar solo se hacía bastante notable, cosa que me pareció raro en India. Pero claro, oyes mil veces antes de ir y una vez allí lo descubres, que Goa no es India. En realidad ninguna parte de la India es igual que otra, pero allí, a mi juicio lo que pasaba es que se notaba la falta del Hinduismo y las consecuencias que eso supone.

Goa es Goa… no India. Allí los turistas van a derrochar… y puedes derrochar a cualquier nivel. Hasta el más hippie que trata de gastar lo menos posible gasta dinero en Goa. Pero claro, la cantidad de dinero que gastas a cambio de la cantidad de playa, fiesta y drogas que Goa ofrece, hace que las cuentas salgan muy bien. Además todo en un ambiente de viajeros y en general una mayoría de gente que busca esa rutina de playa de día y fiesta de noche.

Luego está el turismo más estilo de rusos, que van quemando a los demás turistas allá por donde pasan. Era una situación muy graciosa ver a un turista ruso discutiendo con un indio. Las conversaciones reflejaban aquella paradoja de lo que sucede cuando una fuerza incorruptible choca con un objeto inamovible. El ruso que grita y se impone con formas esclavista contemporáneo y el indio que o no se entera, o no se quiere enterar, pasa olímpicamente de ruso…lo que se traduce en aún más gritos por parte del ruso. Cada uno con sus maneras aquello era un choque de titanes en toda regla.

Agonda en cambio no parecía ser la Goa de las drogas y la fiesta. Puede ser que la razón sea que Palolem y Patnem, las playas inmediatamente al sur, a pocos kilómetros, concentran todo ese ambiente que hace famosa Goa dejando así Agonda a otro tipo de turistas.

Por lo general, la playa de Agonda me pareció muy bonita, una playa perfecta para relajarse. Por el día andábamos por la orilla, Patricia hacia yoga cerca de onde rompían las olas. A veces intentaba unirme a ella pero soy demasiado tosco y poco flexible así que me siento torpe y lo abandono rápido.

Nos hicimos amiguetes de los camareros de uno de los restaurantes y después de comer siempre nos quedábamos jugando al ajedrez un rato con ellos alrededor. Luego íbamos al extremo sur de la playa donde el agua estaba más clara y la arena era más blanca. Un montón de rocas que delimitaban la playa me servían de parque de juegos saltando de una a otra hasta que encontraba un sitio donde saltar al agua.

Por la tarde presenciábamos las increíbles puestas de sol de cada día y después de cenar de nuevo un paseo por la solitaria playa escuchando las olas romper en la orilla. En resumen, un buen sitio en buena compañía, un lugar para relajarse… unas vacaciones de ese trabajo a tiempo completo que es viajar.

Reencuentros en Arambol

El día 26 de enero decidimos que habíamos tenido suficiente, si es que se puede, de aquel tranquilo lugar y emprendimos camino a Arambol, al norte de Goa, donde hay más ambiente, mas gente y Goa.

Por fin conocíamos esa famosa faceta de esta región, que con mucha razón los que han estado en la India más auténtica aseguran que allí uno la deja para entrar en otro mundo.

Arambol es una playa larguísima. Por el norte se delimita por una formación rocosa que cruza un camino artificial lleno de tiendas a cada lado hasta Kalacha beach (o comúnmente llamada Sweet lake) y por el sur se extiende varios kilómetros hasta conectar con Mandrem beach.

Por el día la playa es un hervidero de turistas tanto extranjeros como indios. Por suerte la playa es bastante amplia así que tampoco siente uno el agobio de estar en esas playas en las que no cabe una sombrilla más. Aún así se hace patente la cantidad de gente deambulando de un sitio a otro. Toda la primera linea de playa son restaurantes y guest house llenas de turistas y aquí y allá cada 20 metros había algún vendedor ambulante (normalmente niños) con ropa o comida.

Por la noche la cosa cambiaba un poco. Los restaurantes colocan las sillas hasta bien entrada la arena. La playa entera se convierte en un gran restaurante lleno de grupos de amigos y parejas cenando con los pies enterrados en la arena fresquita. En el sector más cercano a la entrada algunas discotecas la música y las luces a toda potencia están puestas hasta altas horas de la madrugada. Así cada día.

La primera noche la pasamos en el Laughing Buddha, una guest house-restaurante de la playa. El dueño era un tipo ingles muy estúpido que trataba a los huéspedes como ladrones, pero por desgracia he de reconocer que la comida era buenísima además de no ser muy cara. Aquella noche tuvimos un pequeño enfrentamiento con unos borrachos que no pararon de dar gritos despertando a la mitad del hostal, así que decidimos irnos al día siguiente. Supongo que son cosas que pasan cuando te mueves en un ambiente así.

La decisión resultó ser totalmente acertada. Nos pasamos a Kalacha beach donde alquilamos un bungalow bastante básico pero amplio y con vistas increíbles. Allí estábamos lejos del bullicio y tan solo nos costaba 15 minutos andando llegar a la zona de restaurantes.

A la mañana siguiente nos encontramos con Mare, una chica georgina que es dueña del hostal Pomegranade, en el que me hospede en Tblisi (gratis gracias a su generosidad), y daba la casualidad de que se encontraba también allí. Con ella conocimos a sus compañeros de viaje entre los que estaba Mac, un indio de los que, entre tantos millones de ellos, pocos hay.

Al día siguiente nos reencontramos con Anapa que venía de pasar en Kerala las últimas semanas.

Los días se sucedieron lentos entre comer bien, jugar al ajedrez y dar paseos por la playa. A veces solos y aveces acompañados de Anapa, Mare y Mac. Incluso pudimos ver un par de días a Christopher y Wanda (la pareja de viajeros que conocimos en Gokarna en año nuevo).

Hostilidades indias

A diferencia que en Agonda, en Arambol se sentía el acoso por parte de los turistas indios mucho más. La pobre Patricia no podía pasear sola, o hacer yoga sin que una manada de indios se quedaran mirándola con cara de resignado sexual, retrasado mental… o las dos cosas.

Un día, sin previo aviso ni razón aparente tuve un nuevo episodio de fiebre muy alta, vómitos y diarrea. Tenía la misma sensación que tuve en Pakistán, el mismo sabor ácido en la boca y la misma flojera, pero esta vez solo me duró día y medio. Aquella mañana estaba semi muerto en una tumbona de nuestra playa intentando no desfallecer por el calor. Patricia estaba bañándose y paseando por la playa. Aveces que levantaba la cabeza para ver donde andaba y la veia sentada charlando o jugando con los niños que venden ropa y bisutería. Al perecer se hizo amiga de más de uno. Aunque claro… alguien que no sabe decir que no a pulseritas y anillos por supuesto que iba a ser el mejor amigo de todos los críos. Al enterarse su debilidad por las cosas brillantes y bonitas, todos acudían como moscas cada vez que pisaba la arena de la playa. Al final alguno acabó odiándome a mi porque no le dejaba comprar todo lo que quería.

Una de las veces que conseguí salir de ese mundo de abstracción febril que ni es sueño ni es estar despierto, pude ver a Patricia dirigiéndose hacia mi con cara de pocos amigos. Por detrás, en una lejanía no tan lejana, una grupo de indios la iban persiguiendo con cara tonto y os ojos como platos. Al levantarme y dar los primeros pasos en su dirección, el grupillo de indios que tenían la vista clavada en ella se percataron de mi presencia y como si de ratas huyendo de un incendio se trataran, cada uno tomó un rumbo diferente y se hizo el loco al instante. Este, en realidad, solo era un ejemplo más, por lo que aprendí allí, que los indios pueden ser muy pesados pero normalmente inofensivos. Esto no quiere decir que uno se tenga que despreocupar, más bien todo lo contrario. Como ya he escrito en alguna otra entrada, viajar alerta, por desgracia, nunca jamás esta de más.

El repentino episodio de fiebre y vómitos se fue igual que vino… repentinamente. Llegué a pensar que mi cuerpo se estaba acostumbrando a aquel país y que estaba desarrollando algo de resistencia a sus hostiles condiciones de salubridad, etc. Más tarde comprobaría lo equivocado que estaba, pero por lo que respecta a aquel día al menos me puse mejor.

Lo de que las desgracias nunca vienen solas es totalmente cierto. El día que me empecé a sentir bien del estomago tuve la mala fortuna de meter la pata de nuevo… iba andando por la playa tan tranquilamente, cuando sentí una punzada en la planta del pie que recorrió mi cuerpo hasta la mismisima nuca. Cunado levante el pie, en la arena había un crista puntiagudo que sobresalía un poco. El resto del baso roto se escondía bajo la arena. En aquel momento tenia un callo ya bien duro en la planta de los pies debido al mas de mes y medio de andar descalzo entre Hampi, Gokarna y el mismo Goa. La cuestión es que no había herida… solo un puntito en el gran callo endurecido de la planta de mi pie… pero me dolia dentro. En aquel momento no sabia si se tan solo se había sido un pinchazo o algo se había quedado dentro. No podía hacer nada así que no le di mucha importancia y seguí andando como pude.

Hora de marchar

Llevábamos ya casi una semana en Arambol cuando Julito hizo su esperadísima aparición. Fue más de un mes sin vernos y ya le echaba de menos. Con Julio casi completábamos el grupo en Goa, solo nos faltaba Jacob, que por aquel entonces estaba con Pele llegando a Varanassi.

Julito y yo dedicamos una mañana a arreglar contactos para conseguir el permiso especial para cruzar la frontera de Myanmar y fue entonces cuando nos enteramos de que no teníamos por qué ir a Calcuta de inmediato a pedirlo. Decidimos entonces poner rumbo a Varanassi para reencontrarnos con Jacob y Pele, y así cerrar el grupo.

Dos días después, el 5 de Febrero pusimos rumbo a la ciudad sagrada donde todo Hindú debe ir a morir. No sin antes chuparnos dos días y dos noches metidos en un tren.

El viaje no fue tan mal. Teníamos espacio para movernos y dormir así que entre charlas partidas de ajedrez y siestas llegamos sanos y salvos a Varanassi temprano en la mañana del 7 de Febrero.

Si tuviera que describir con una palabra la primera impresión que me dio aquella ciudad sin ninguna duda elegiría:

– GRIS.

Dejar un comentario