Rajastan

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Aquel día entrabamos en el Rajastan. Desde Agra, pocas horas nos separaban de Jaipur. Fue un viaje de lo más normal por las carreteras indias. Ruido, humo de motores, olores fuertes aquí y allá, mucha gente e incluso el intento de estafa de rigor.

Jaipur

Esta vez nos querían cobrar 100 rupias por algo que costaba 10, no lo pagamos claro… pero por dios, ¡qué pesados!. El paisaje había cambiado notablemente. Las grandes montañas del norte se habían convertido en llanuras con poca vegetación. El verde se tornó marrón y el aire cambió de fresco y puro a polvoriento y recargado.

Llegamos a la ciudad cuando ya había oscurecido, aunque era lo suficientemente temprano para que la afluencia de coches, motos y gente por la calle fuera, como es común en India, exagerada y ruidosa. Jaipur me pareció como cualquier otra ciudad en la India, intensa, abarrotada, sucia y agobiante ya aquella primera noche. Anduvimos un rato en busca de una guest house que no conseguíamos encontrar. Los pecios eran más altos de lo que esperábamos. Hacía calor y Jacob empezó a notar que la herida de la pierna quizás le estaba doliendo mas de lo normal, así que acabamos por aceptar el precio de uno de los lugares que encontramos, que en realidad no era tan malo.

Cuando el compañero se quitó la tirita que llevaba para evitar que le entrase suciedad en la herida, tenía un agujero lleno de pus donde una horas antes había solo un pequeño poro abierto. Además la pierna se le había hinchado considerablemente. En cuestión de un día se le había infectado una pequeña heridita hasta el punto de ser llegar a ser preocupante. Seguramente fue el propio agua de la ducha que en vez de limpiar la herida se filtro dentro y la infecto malamente. Fue un fallo de novatos. Hasta ese momento ni se nos había ocurrido protegernos las heridas del agua de la India (cosa que es obvio que teníamos que haber pensado). Solo pensamos en tapar la herida para que no le entrara suciedad ni se nos ocurrió que el agua era en realidad peor.

Jacob se encontraba mal, le dolía la zona infectada e incluso parecía que le subía la temperatura. Decidimos hacer un poco el burro pero por una buena causa. Cogí el botiquín, y con agua oxigenada y gasas vaciamos aquel cráter que se convirtió en un volcán por unos segundos. Yo sufría un poco por lo asqueroso del asunto, pero el pobre Jacob estaba viendo las estrellas.

Al día siguiente lo primero que hicimos fue ir al médico. Entramos, pagamos unas pocas rupias y nos vio el doctor. Le contamos lo que le pasaba y sin siquiera mirarle de lejos la pierna nos mandaron a comprar medicinas a la botica. Nos despacharon con un desinterés total.

Optamos por pedir ayuda a Cristina, la madre de Patricia (mi pareja), que es médico. Jacob tuvo que empezar con antibióticos y las curas se sucederían durante los días siguientes… cada vez menos asquerosas porque la cantidad de pus se reducía diariamente, pero parecía que igual de dolorosas para él.

Después de andar un rato bajo un sol de justicia por las calles de la ciudad comprendimos que no era un sitio en el que nos quisiéramos quedar. A la mañana siguiente marcharíamos hacia Pushkar, donde pasaríamos unos días tranquilos. En aquel momento en Pushkar se celebraba la feria de camellos y en consecuencia del festival de Brahma la peregrinación de muchos indios al lago. Además de mi cumpleaños un par de días después. Definitivamente largarse de Jaipur era una buena idea.

Feliz cumpleaños en el Pushkar de los camellos

De nuevo, un día entero de bus por el Rajastan. Cuanto más nos adentrábamos en aquel territorio el paisaje se volvía más desértico, el autobús levantaba más polvo al moverse y hacía más calor. Me parecía que la India se iba volviendo un poco más hostil para los sentidos… más aún, como si no lo fuera lo suficiente.

Llegamos a la ciudad de Ajmer bastante tarde, donde cambiaríamos de autobús para llegar a Pushkar unos 30 minutos después. Para cuando llegamos, el pueblo estaba ya apagado, las calles oscuras y prácticamente vacías. De nuevo nos costó encontrar un lugar para quedarnos por culpa de la feria de camellos las guest house estaban llenas y las que no lo estaban tenían los precios por las nubes. Normalmente yo me ocupaba un poco de negociar y apretar un poco el precio pero aquí resultaba imposible. Después de buscar un rato conseguimos algo que no estaba tan mal pero nos hubiera gustado que estuviese mejor. Aquella noche salimos a tomar un chai y echar algo a nuestros vacíos estómagos antes de dormir.

El plan era quedarse unos días en Pushkar. Jacob se recuperaría de la pierna y Julio y yo descansaríamos de tanto saltar de un sitio a otro cada pocos días. Era tiempo de disfrutar, visitar la feria de camellos y de celebrar mi cumpleaños el día 25 noviembre, que resultó coincidir con la clausura de la feria, el día más importante de la semana.

Los primeros días paseamos entre la muchedumbre que abarrotaba las calles del pueblo. Siguiendo el bullicio llegamos al lago, a los templos, a la feria de camellos y a un pequeño cerro en el que un templo más vigila el lago desde lo alto. Hablamos con las gentes del lugar y nos explicaron de qué se trataba el festival allí. Intentaré hacer un resumen, pero en lo que se refiere a mitología india, si alguien se quiere enterar bien, aconsejo no hacer mucho caso a lo que le digan por la calle porque muchas veces me he encontrado que los propios indios me contaban historias diferentes. También es cierto que es tan extensa y rica de leyendas y dioses que las confusiones o diferentes versiones son comunes. En cualquier caso, la leyenda sobre el lago de Pushkar es la siguiente.

Como muchos sabréis las tres principales deidades indias son Brahma, Vishnu y Shiva, que en realidad son los tres aspectos de un mismo ente. Brahma es el dios de la creación, Vishnu de la organización (por decirlo de alguna manera) y Shiva de la destrucción. Las tres deidades representan el círculo de la reencarnación. Brahma es el primero de los dioses, es la deidad que creó el mundo. Y lo curioso es que lo creó desde el pequeño lago de Pushkar. El mundo según la mitología india comenzó allí… en aquel pequeñísimo lago. Y cada año por las mismas fechas, cientos de miles de indios se congregan en peregrinaje para rendir culto al primero de los dioses y conmemorar aquel acto de creación.

A causa de la clausura de las celebraciones, la noche de mi cumpleaños disfrutámos de una buena cena con postre y todo en un restaurante situado en una azotea desde donde podíamos ver los fuegos artificiales, que ya fueran por Brahma o por mí, decoraban la noche celebrando un buen día para pasarlo con amigos en un lugar remoto de la tierra. Aquel día la cena corría de mi cuenta, tenia mucho que agradecer a mis dos compañeros de viaje… pasar un cumpleaños solo no mata a nadie, pero se agradece pasarlo en compañía. Cumplía 29 años y me sentía más vivo y más joven que nunca. El proyecto, Tierra a la Vista, me daba una razón de ser y un objetivo a cumplir. Aquel día quizás me quedaban todavía más de dos tercios del mundo por recorrer. La perspectiva de lo que voy a vivir mientras intente dar la vuelta al mundo sin coger ni un avión me llena enteramente. Estaba impaciente por vivir aquello, impaciente por convertirme en la persona que lo consiguió, impaciente por ser quien quiera que fuese esa persona… en la cual ya me estaba convirtiendo. Lo mejor de todo es que tenía ánimo y confianza en mí mismo y me sentía totalmente capaz de hacerlo.

¿Cuanto vas a donar?

Creo que fue el primer día que bajamos al lago, un hombre nos regaló unas flores y nos instó a que bajáramos a tirarlas al agua como parte de algún ritual religioso que hasta el momento desconocíamos. Julio al principio se quedó a un lado. El gallego fue más listo que los otros dos y ya se olía lo que iba a pasar. Un hombre nos agarró a cada uno del brazo y nos condujo por separado a un lugar en la orilla del lago. Sentados, sin dar más explicaciones el hombre que me llevo hasta allí comenzó el ritual. Mire hacia los lados y vi a Jacob y a Julio, que al final había caído, en mi misma situación. El hombre, que lucia una larga barba blanca, cogió un poco de arroz, curris de diferentes colores, un coco seco y algún elemento más que no recuerdo. Comenzó con preguntas sobre mi vida personal del tipo ¿cuántos hermanos tienes?, ¿padre?, ¿madre?, ¿novia?, etc e iba tirando el curri, el arroz, el coco y todo lo demás al lago mientras nombraba tropecientos dioses al ritmo de un mantra. Nos estaban haciendo el ritual llamado Puja. Al acabar me puso un poco de curri en la frente y dijo:

-¿Cuánto dinero vas a donar?-

-¿Qué? ¿Donar? ¿Dinero? ¿Tengo que darte dinero?- Otra estafa más… pensaba para mis adentros.

-Sí, todo el mundo dona. Algunos 20 euros, otros 50, otros 100… es bueno, es para tu familia- ¡El cabrón me hablaba en euros directamente!.

-Ok, donaré todo lo que pueda con todo mi corazón-

-¿Pero cuánto?-

-Con todo mi corazón- Insistí

-Pero tienes que decirme cuanto- El hombre que hasta entonces no me había mirado ni una sola vez a los ojos me miró fijamente y con cara de pocos amigos.

-Ya le he dicho que mi donación será la mejor de todas porque lo haré con todo mi corazón- Quizás hasta me salió sonrisa de cabrón porque podía ver como al hombre se le hinchaba la vena de la frente, por el cabreo que tenía conmigo.

A Julio y Jacob les estaba pasando lo mismo. Jacob desde la otra punta del ghat sin cortarse ni un poco se dirigió a mí a gritos.

-¡David! ¡El desgraciado me está pidiendo dinero! ¿Tú le has dado?-

-¡Todavía no, pero vamos… le voy a dar 50 rupias!-

-¡Serán cabrones!-

Al levantarme le di al hombre alrededor de 40 rupias (el equivalente a 65 céntimos), en realidad no llevaba más pero aunque llevase tampoco se lo hubiese dado. El hombre me miró una última vez con desprecio y despareció de mi vista dejándome ahí solo. Estas cosas son anécdotas de cuando viajas al fin y al cabo, pero en India cuando te pasa una y otra vez acaban por ser muy molestas.

Un par de días después de aquello, estaba en el lago al atardecer haciendo fotos cuando vi una escena curiosa. Un chino estaba haciendo fotos igual que yo, cuando un indio se acercó a él y le dio una flor, le señaló al lago y le animó a que fuera a tirarla. El chico, con una sonrisa en la cara por estar participando en algo auténtico de la cultura de aquel país que estaba visitando, se dirigió obedientemente al lago. Otro indio lo agarró del brazo y ambos se sentaron en la orilla.

Yo observaba la situación desde cierta distancia, veía como se repetía la escena de la que fui protagonista un par de días antes. Cuando el indio le pidió dinero el chico negaba con la cabeza y el indio seguía hablando insistentemente. El chino, que era un joven gordito con una cámara que costaba al menos 3000 euros colgada del cuello, empezó a ponerse nervioso. Se levantó y trató de marcharse, pero el indio que estaba sentado con él, le agarró del brazo y no se lo permitió. Un pequeño forcejeo empezó hasta el joven asiático consiguió levantarse. Pero cuando parecía que la huida estaba garantizada, otro indio, el que un momento antes le había dado las flores amablemente, saltó sobre él y lo sujetó del brazo también.

Los dos indios le gritaban y el joven chino estaba visiblemente asustado agarraba su cámara con fuerza y miraba al suelo negando con la cabeza y haciendo amagos de irse que los indios frustraban a base de agarrones y tirones. En cierto momento uno de los indios, el que le había hecho el Puja, gritó de manera muy agresiva. Supongo que por el susto, reaccioné con un cortante y sonoro – Eh!- En aquel momento el pobre chino aprovechó para escapar mientras los dos indios se giraban para mirarme. Yo me levanté del escalón en el que estaba sentado y también huí del lugar por si acaso iba a tener problemas yo también.

El Pushkar de los viajeros

Cuando comencé a sentir el calor de la India me prometí a mí mismo que me afeitaría después de mi cumpleaños. Los cuatro meses de barba que llevaba estaban muy bien en Pakistán y sus montañas pero para India y sus calores me estaban matando. Así que aquel mismo día me afeité y pasé a ser otra persona.

La pierna de Jacob mejoraba, incluso empezamos a hacer algo de ejercicio en la azotea de nuestra guest house. Unos días antes de entrar a India pesaba 8 kilos menos que cuando salí de Madrid. Físicamente estaba bastante flojito y pronto estaríamos en Hampi para escalar, así que quería ponerme un poco en forma para no llegar allí tan débil.

Fueron días de tranquilidad, y más aún cuando se terminó la feria de camellos, ya que las calles dejaron de estar tan abarrotadas de indios. En Pushkar hay muchos extranjeros, que ya se notaban durante la feria, pero al terminar el festival y verse reducido drásticamente el número de indios, la comunidad de extranjeros se hizo notar mucho más.

Allí, como en Rishikesh, había también una gran comunidad israelí organizada alrededor del Beit Jabad. Más adelante, un chico israelí que conocería en Hampi me dijo que en Pushkar podías comer falafel tan buenos como los de Israel. Resultó que los había probado varias veces cuando estuvimos allí. En un punto de la calle principal donde 4 tiendas unas enfrente de las otras, pegadas pared con pared los vendían a precio razonable. No sé si los de Tel Aviv, Haifa o Jerusalen eran como estos, pero que estos estaban buenísimos eso es seguro.

Los últimos días descubrimos que en el restaurante tibetano de la calle principal no solo estaba buenísima la comida sino que además era bastante barato. Íbamos para comer y cenar y acabamos haciéndonos amigos del chavalín, que en solitario, llevaba el restaurante y hacia de camarero y cocinero. La última vez que estuvimos allí le dimos una propina que cubría todo lo que nos habíamos ahorrado comiendo allí. Pero de la misma manera que molesta tanto intento de estafa, también hace ilusión conocer a alguien que se porta bien y muestra hospitalidad y amabilidad.

Una de las cosas que uno podía hacer en Pushkar mientras pretendía no hacer nada mas que relajarse, era irse de compras. Por lo visto el Rajastan es el centro neurálgico de la producción de ropa y de la exportación de piedras de toda India. Y dentro de Rajastan, Pushkar era el centro de todo lo que tenía que ver con la ropa sobretodo. Todos y cada uno de los mercadillos alrededor del mundo tienen algo para vender que fue manufacturado allí. Eso era lo que sostenía un vendedor local con el que pude charlar un rato cuando Jacob y yo fuimos a comprar alguna cosa. Hasta nos ofrecieron que si queríamos hacer pedidos para vender en España. Por lo visto ya trabajaban con una empresa de Barcelona y les iba muy bien según ellos. Puede que algún día, pero ahora no era el momento de meterse en esos negocios.

Johdpur

Temprano, la mañana del 28 de noviembre cogimos un bus que nos dejaría en Jodhpur  alrededor del mediodía. Nada más bajar del vehículo, como es habitual, nos abordaron varios indios ofreciendo taxi y habitación. No sé por qué, esta vez nos dejamos convencer y bueno… no hay queja porque el sitio estaba bien, el precio estaba bien y además el hombre era muy amable. Una vez dejamos las mochilas salimos a comer y visitar la ciudad. Era otra ciudad grande de las que no me gustan, a primera vista, pero al final me sorprendió agradablemente. Las callejuelas del barrio antiguo al pie del fuerte tenían mucho encanto. Desde nuestra habitación se veía el fuerte justo encima de nosotros. Desde tan cerca creo que parecía incluso mas grande de lo que era y bastante impresionante. Después de comer volvimos al hostal y nos echamos una siesta.

Cuando despertamos, parecía que algo que comimos sentó mal a Jacob. Pesamos que no seria nada pero la gracia le dejaría un día y medio K.O. prácticamente sin salir de la habitación para no alejarse del baño. Seguramente Julio y yo estábamos un poco más acostumbrados y no nos afectó, o al menos no tanto, pero la verdad es que una vez mas, por ahorrarnos unas rupias comimos en un sitio algo sospechoso. No era de extrañar si alguno caía.

Al día siguiente Jacob todavía no se podía mover de la cama por la mañana, así que los que quedábamos visitamos el fuerte. Nos llevamos una grata sorpresa. Para empezar con las vistas desde lo alto de la colina y para continuar, con la belleza de los interiores del fuerte. El edificio en si se ve colosal, además de que la arquitectura, la decoración y los detalles exteriores eran exquisitos. Desde lo alto de la muralla, a lo lejos entre la típica bruma que tiene el aire en la India, se distinguía un palacio majestuoso, y más cerca de nosotros justo en enfrente del fuerte en el que nos encontrábamos, otro enorme fuerte se erguía al otro lado de la ciudad.

El resto del día se pasó rápido. Más tarde Jacob se encontraba algo mejor y decidimos subir de nuevo para admirar Jodhpur en la oscuridad. Nuestro tren salía aquella noche hacia Jaisalmer, así que nos quedaba un rato en aquella ciudad. No voy a exagerar diciendo que fue mi preferida, porque no es verdad, pero sí que es cierto que me fui con la sensación de que no me hubiera importado quedarme algún día más para visitar el palacio y los otros fuertes.

Jaisalmer

Por la noche cogimos el tren, sleeper class, de Jodhpur a Jaisalmer. Había leído sobre los trenes en la India, pero quitando la corta experiencia del trayecto Delhi – Agra todavía no había experimentado como es debido aquel mundo. Para mi decepción, estaba tan cansado que me quedé dormido enseguida, y de hecho, hasta dormí bien, así que no pude crearme ninguna opinión ya que apenas me enteré de nada. Nosotros dormíamos e India iba pasando rápidamente fuera del tren sin que nos enteráramos. En el tiempo que dormitamos en la oscuridad de nuestro vagón, el paisaje cambió aún más. Allí en Jaisalmer, todo era más árido y desértico. Habíamos llegado hasta el desierto.

El fuerte de Jaisamer no era ni tan grande ni tan impresionante como el de Jodhpur pero era muy viejo y lleno de callejuelas que le daban un aire muy auténtico. Desde que pisamos Jaisalmer cada poco rato alguien nos ofrecía un tour por el desierto en camello. Un tour, que según cada uno de ellos era el mejor, ya que los demás no eran buenos, engañaban a la gente, los llevaban solo un poco por la arena y se acabó.

Definitivamente entre todos ellos no consiguieron otra cosa más que disuadirnos de hacer cualquier tipo de tour en camello. Visitamos el lago pero por culpa del precio, decidimos no montarnos en las barcas. Paseamos de arriba abajo del pueblo, por el interior y el exterior del fuerte. Nos gustó mucho en general, sobretodo los atardeceres desde el fuerte y un pequeño restaurante/guest house, al que al tercer día nos mudamos. Aquel lugar era el Shiva Cafe, del que era dueño Shiva, un hombre menudo con cara de astuto que hablaba muy bien. Pasamos bastante rato allí entre comidas, cenas, momentos de relajación, partidas de ajedrez y lecturas varias.

Ruta en moto por el desierto de dunas de Sam

La última aventura antes de partir fue para mí la mejor de las que viví en Rajastan. El 4 de diciembre alquilamos motos y fuimos al desierto por nuestra cuenta. Eran motos de marchas manuales pero no de gran cilindrada. Quizás la suficiente como para sentir que era una aventura en moto y no un paseo.

Bueno, en realidad Jacob y yo ya habíamos llevado motos de este tipo alguna vez, pero Julio no. Este gallego tiene buenas pelotas porque os aseguro que India no es el mejor lugar para aprender. Aun así ni se lo pensó. Y aunque estuvo algo tenso en algún momento, sobre todo cuando se hizo oscuro y nos acercábamos a zonas con más afluencia de tráfico, mereció la pena para todos.

Visitamos diferentes ruinas a lo largo del camino principal, y nos perdimos por caminos secundarios por donde parábamos a charlar con la gente de los pueblos de gitanos. Una chica, que era una niña, con otro niño pequeño en brazos que era su hijo, nos hizo prometer que volveríamos para quedarnos en su casa y tomar un chai. Les hacían gracia mis rastas y mucha ilusión cuando Jacob les hacía fotos y se las mostraba. Cuando nos íbamos saque algo de dinero y se lo di a la chica, que en un principio se negó a cogerlo. Tuve que convencerla explicándole que era un regalo para el pequeño y no para ella. Una experiencia brutal y auténtica.

Esta parte de la India sí que me gustaba. Al gozo de disfrutar del paseo en moto se unía el hecho de poder hacerlo en aquel lugar. Cuando llegamos cerca de Sam, el desierto nos envolvía por todas partes. La arena se metía en la carretera y los camellos se quedaban mirando como pasábamos. Era otro de esos pocos lugares en la India que debido a lo inhóspito del lugar, están libres del trafico de personas. Solo las motos con quienes las manejaban, la arena del suelo y el azul del cielo. Poco más… Encontrar un lugar así allí no es fácil, creerme, por lo general cualquier lugar lo encontrarás repleto de gente.

En Sam arreglamos un pinchazo en moto de Jacob, comimos algo y nos fuimos al límite del desierto con la carretera antes de volver al pueblo. Andamos un rato por la arena y por desgracia nos dimos cuenta rápido de que aquel desierto de dunas era más bien un cajón de arena a gran escala.

Sin duda había grandes dunas y sin duda era bonito, pero si te quedabas lo suficiente, alguien venía a ofrecerte un paseo en camello. A lo lejos, desde las dunas más altas, se veían filas de turistas paseando sobre camellos o incluso esperando su turno como si de un supermercado se tratara. Era casi más bonito y mágico desde la carretera, desde donde no podías ver qué había detrás de las dunas mas altas.

El desierto continuaba pero las dunas estaban solo allí, alrededor de Sam. No me malinterpretéis, me gustó mucho, pero si alguien ha estado antes en Sahara me entenderá cuando digo que este lugar era solo el arenero de un patio de recreo.

Después de unas risas con dos chicos y su camello y unas pocas fotos, emprendimos el viaje de regreso en cuanto el sol termino de bajar en una no muy impresionante puesta de sol. Sam está a unos 45 km de Jaisamer así que se nos haría de noche si o si. Mejor era salir cuanto antes para evitar conducir en la oscuridad demasiado tiempo. Aunque con algo de tensión por parte de Julio (que menos) llegamos sanos y salvos. Devolvimos las motos, yo con mucha pena, y el día se había acabado. Había sido una buena aventura, la mejor de Rajastan diría yo.

El día 5 por la tarde cogimos un bus que nos llevaría hasta Ahmedabad, donde cambiaríamos a un tren hasta Mumbay. Allí esperaríamos a Ana Paula (Anapa para los amigos) que también se unía al equipo por un par de meses.

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