Georgia, al otro lado del Cáucaso

con No hay comentarios

Al otro lado de la frontera el mundo cambia. Turquía pasa a ser Georgia y como si de un túnel que te trasporta a miles de kilometros se tratara apareces en un mundo completamente diferente.

Las diferencias cantan tanto a simple vista y son tan de sopetón que a menos de un minuto de abandonar el puesto principal ya estábamos comentándolo. Para empezar, pasamos de una autovía ancha de dos carriles hacia ambos sentidos y separados por una mediana bien bonita con arboles y todo, a una carreterucha pequeña y descuidada. Mientras que en el lado turco, por lo general, reinaba un paisaje de grandes y coloridos bloques de pisos nuevos o semi-nuevos y una espesa vegetación que escalaba las laderas de los montes limítrofes al mar, a este lado de la frontera, las casas se agolpaban pequeñas y ruinosas a lo largo de la carretera. El terreno pasó a ser llano y sin ninguna montaña a la vista ni siquiera a lo lejos.

Si al minuto ya habíamos desgranado y concluido que Georgia era bastante más pobre que sus vecinos del sur, a los 10 minutos ya habíamos vislumbrado alunas diferencias más profundas. Estaba oscureciendo, ya se veían encendidos los neones de algunos prostíbulos y casinos cutres que se agolpaban cerca de la frontera. Los turcos venían a Batumi a hacer lo que no podían hacer en su país. Y además, muy barato. Beber, apostar y, porque no decirlo, pagarse una puta era más barato, más fácil y mejor que en casa. Nos inundo una sensacion de desilusión demasiado repentina.

¿Acaso era esto Georgia?… uuff que pereza… Pero no, que va. Más tarde descubriríamos que Batumi es diferente al resto del país. Quizás precisamente por estar donde está. Al ser un destino turístico por sus playas y estar cerca de la frontera donde vienen clientes adinerados y de gustos un tanto particulares, la ciudad se ha debido desarrollar y evolucionar en lo que es hoy. Un espectáculo de luces nocturnas… y más cosas que también son nocturnas.

Batumi

Llegamos tarde a nuestro hospedaje. Con la oscuridad, daba mal rollo meter el coche por alguna de las calles sin asfaltar que nos llevaron a la casa donde habíamos hecho la reserva. Resultó ser la casa de una familia. Muy barata, extremadamente barata… pero debido al camino para llegar y el donde estaba situada, no nos daba muy buena sensación. Nos dijimos a nosotros mismo que ya estábamos ahí y que no estaba tan mal, así que nos quedábamos y mañana decidiríamos algo. No estábamos para trotes, Patricia no se encontraba del todo bien y yo no podía andar del dolor en el pie a causa del papiloma. Me estaba empezando a desesperar y ya pensaba en buscar un médico al día siguiente.

Después de una buena ducha caliente noté que el endurecido callo alrededor del papiloma estaba reblandecido y bueno… (se que no es información de buen gusto por lo que de antemano pido perdón a los lectores) la desesperación hizo que me pareciese buena idea sacar la navaja y ponerle fin de una vez por todas. Mientras Patricia se duchaba me dispuse a operar, y como era de esperar… dolió, dolió mucho y casi hasta el punto que del dolor noté que se me iba un poco la cabeza y por lo visto me puse muy pálido. La desesperación no es buena consejera. El resultado fue el que veis. Lo curé y me fui a dormir, mañana me arrepentiría pero en ese momento no me apetecía pensarlo.

Por la mañana hacía un calor horrible. Pegajoso. La humedad en Batumi en verano es siempre bien alta y se dice que la ciudad goza de un micro clima muy parecido al tropical. Es por eso que el parque botánico de Batumi cuenta con una gran cantidad de diferentes razas de aves que pasan por allí durante sus ciclos migratorios.

Al volver a la ciudad nos trasladamos al centro. Al típico hostal de mochileros. Estar allí resulto ser mucho más cómodo ya que aparcamos el coche y no tuvimos que moverlo más, a diferencia del otro sitio solo podíamos movernos haciendo uso del vehículo. Cosa que agradecía ya que me pareció que los georgianos conducen peor que en cualquier otro lugar del mundo que haya estado anteriormente. Hicimos lo propio, lo que haría cualquier mochilero sin vehículo. Fuimos a pasear por la ciudad, por el paseo marítimo y comimos platos típicos en restaurantes locales. El ultimo día visitamos el jardín botánico y nos dimos un ultimo paseo para sacar una foto a la ciudad de noche. Aquel día andamos buen rato por el jardín botánico. La herida en mi pie para mi sorpresa no me dolía nada. Obviamente al apoyar dolía pero nada que ver con el dolor de unos días antes. La operación había sido un éxito y desde aquel momento ya solo mejoraría.

Akhalsikhe

Al cuarto día pusimos rumbo a Akhalsikhe. El GPS calculaba un ruta de algo menos de 300 km por una ruta muy directa a través de las montañas. Creo que tardamos 7 horas en llegar. La primera mitad del camino no fueron mas de 2 horas y media. La sorpresa fue que el durante el resto del camino no superaríamos los 20 km por hora por vías maltrechas. Más de una vez temí seriamente por si el coche podría pasar alguno de los peores tramos. Eso si, los paisajes preciosos. Georgia nos empezaba a demostrar que no solo era Batumi, si no que es una país de paisajes abrumadores. Una vez más el corsa no decepcionó.

El pueblo es uno pequeño enclave en una de las ramas de la ruta de la seda. En lo alto de la colina del pueblo se alza un castillo medieval muy bien conservado que nos daría tiempo a visitar el ultimo día. Aquel primer día llegamos al hotel cansados y hambrientos. Después de comer algo fuimos directos a la cama.

La noche se me hizo eterna entre vueltas en la cama y viajes al baño. Al principio pensé que algo no me había caído bien en el estomago, lo típico de cuando estas de viaje, pero a mitad de la noche estaba claro que me había comido algo en mal estado. La setas del día anterior… fue lo único que comí y que Patri no probó. Las malditas setas. Me dejaron postrado en a cama con fiebre y unos dolores de tripa bastante feos durante un par de días. Apenas me moví en todo el día nada más que para ir al baño y poco mas. Suerte que esta vez tenía alguien con migo que me cuidaba.

Vardzia

Teníamos ganas de ver Vardzia, una ciudad excavada en la ladera de una montaña. Aunque todavía estaba muy débil, cogimos el coche y despacito llegamos hasta allí. El sol pegaba con fuerza. El esfuerzo de subir aquellos escalones en ladera de la montaña sumado al calor no me ayudaba mucho. Me encontraba en un estado de debilidad importante. Mi cabeza como en una nube y mi cuerpo se movía casi por instinto. Andaba despacio y a pasos pequeños. Una vez arriba fue una visita agradable, aún con el calor y la sensación de carecer de fuerza. Las cuevas están frescas así que íbamos por los pasillos y las grutas de un lado a otro tranquilamente. Disfrutando de aquel aire acondicionado natural.

Tblisi

Llegaba el momento de apañar algunas cuestiones en Tblisi, e iban a tardar, así que pusimos rumbo a la capital georgiana. Allí nos hospedamos en un hostal lejos del centro, era barato y no muy allá pero nosotros nos conformamos con poca cosa. Mientras hubiera un ventilador seriamos felices. El dueño estaba siempre borracho y era bastante pesado. Si te acercabas a él con alguna pregunta o palabra amable no te dejaba ir hasta que te había contado su vida un par de veces.

Lo primero fue ir a la embajada de Azerbaiyán a solicitar el visado. Allí me dejaron claro que el corsa no pasaría de la frontera, ya por lo visto tienen restricciones para importar coches de más de 10 años. Realmente creo que podría haber hecho algo mas para pasar con el coche pero decidí que hasta aquí había llegado su papel en este viaje. Ha sido un compañero perfecto, pero está casi en las últimas y tendría que dejarme mucho dinero para arreglarlo, ademas de lo que me cueste subirlo al ferry para cruzar el Mar Caspio. Venderlo en Georgia seria una opción mas fácil y conveniente. Con ello decidido  aquel mismo día empezamos a hacer averiguaciones sobre cómo venderlo. En la embajada del Azerbaiyán me recomendaron que si iba a estar pocos días pidiera visado de tránsito, además tardaría menos la gestión. Así hice, solicité 10 días de tránsito y me dijeron que todo correcto. Mas tarde esta tontería del visado de transito en Azerbaiyán me traería mas de un dolor de cabeza, pero bueno, culpa mía. Tonto de mi al no tener más cuidado informándome bien.

Kazbegi

Con los deberes hechos decidimos adentrarnos en el Cáucaso unos días mientras esperaba el visado. Subiríamos unos 100 km hasta la frontera con Rusia. Nos hospedaríamos a los pies del monte Kazbek (5047 m) en un pueblo llamado Stepantsminda. Aquella primera noche nos preparamos las mochilas para subir hasta la estación meteorológica que hace de campamento como a media montaña. Unas 8 horas de subida hasta el pie del glaciar.

Esa noche cenamos en el hospedaje con uno de los dueños. Nos dieron una bebida alcohólica local llamado chacha junto con una variedad de quesos también locales. Lo acompañamos con pan y algo de fruta que portábamos nosotros. Algo no debió ir como debería, porque tanto Patricia como yo tuvimos una noche malísima entre el baño y la cama. Y eso que la habitación era la mejor que había estado desde que salí de Madrid.

Obviamente al día siguiente no podíamos apenas movernos así que aunque nos fastidió de sobremanera, la idea de subir se nos quitó de la cabeza. En su lugar, cocinamos arroz blanco y fuimos a otro trekk mucho mas leve que nos aconsejaron el hostal. Aquel sendero era corto y fácil de andar. Fue como una hora y media a marcha mas bien lenta hasta una bonita cascada. Después de un rato allí comiendo algo de arroz y admirando el agua caer, decidimos volver al coche.

Antes de volver a Stepatsminda, visitamos la frontera con Rusia y exploramos un poco el paisaje de los alrededores. La belleza de las montañas del Cáucaso me pareció diferente a la de otras montañas que había visto hasta la fecha. Incluso estando en pleno agosto el color que predomina es un verde intenso, sobretodo el de los pastos de los redondeados pero inmensos montes. También se hacen notar las líneas de pinos verde oscuro en las faldas de las montañas y al fondo de los valles. Me hubiera gustado gozar de la vista desde la cima del monte Kazbek. Pero una vez más, hay que decirse a uno mismo -Cosas que pasan- apreciar lo vivido y seguir camino al este. Además, como dice mi padre:

-Jamás se debe ver todo, así siempre tienes una razón para volver.

Vuelta a Tblisi

De vuelta a Tblisi quedaba recoger el visado y vender el coche. Esta vez alquilamos un estudio durante 5 días en una zona más cerca del centro de la ciudad. Era algo así como un poco ilegal, así que el precio estaba muy bien y teníamos bastante independencia además de unas vecinitas súper majas.

El día que recogí el pasaporte en la embajada de Azerbaiyán, me dieron un visado de tan sólo 5 días. Protesté ya que había solicitado 10 pero me dijeron que era lo que había y punto. Tenía que haber solicitado el visado de turista. Pero bueno, ya no tenia solución. Solo podía esperar que fuese suficiente tiempo para conseguir el visado de Uzbekistán y coger el barco para cruzar el Caspio a tiempo.

El tema de vender el coche fue en un principio mucho más sencillo de lo que esperaba. Varias personas se ofrecieron a comprarlo cuando comentaba por alguna razón que lo iba a vender. La cantidad que pedía era razonablemente baja así que tuve varios candidatos. Al final, haciendo un poco de malabarismos con España para arreglar los papeles, se lo vendí a Ramazi, un hombre con cara de bonachón al que conocí en una tienda de informática a la que fui a comprar un disco duro externo para que Patricia se llevase todas las fotos del viaje hasta la fecha a lugar seguro.

Los días restantes hasta que Patricia cogiera su vuelo a de vuelta a Madrid nos dedicamos mas a estar juntos que a ver la ciudad. Fuimos a un rocodromo a quitarnos el mono de escalar. Vagamos durante las noches y los días por las calles del centro y visitamos algún restaurante en el que, aunque con cuidado por nuestros pobres estómagos, probamos el famoso vino georgiano y algún que otro plato típico.

Antes de entregar el coche, el día 21 llegó. A las 5 de la mañana Patricia partía de vuelta a España desde el aeropuerto de Tbilisi. No fue una despedida fácil como ya era de suponer. Cansado fui al estudio y dormí unas horas. Me levanté, recogí todo, limpié y me hice la mochila. Cogí el coche y me fui a buscar un sitio donde quedarme ahora que estaba sólo.

Encontré el hostal Pomegranade, al que les mando un saludo desde aquí porque eran gente cojonuda. Entré con mi mochila y una caja de cosas que no me podría llevar conmigo, las dejé en la habitación y con las mismas me fui a entregar el coche.

Tampoco fue una despedida fácil, como también cabía esperar, pero era necesario. Les pedí que me pagaran un taxi hasta mi hostal. Accedieron y con unas palmaditas en el capo me despedí de mi compañero de viaje. El taxi que paró para llevarme era un Opel corsa igualito al mio, solo que el conductor era otro georgiano loco al volante. Entre curvas, acelerones y volantazos, ahí sentado en la parte de atrás de un coche igual que el mio, me invadió una sensación de desamparo total. De un plumazo, en un día había perdido a mi novia y mi medio de transporte al que también, después de tantos kilómetros, estaba muy apegado. Bajé del taxi con una sensación de aplomo y el estomago hecho un nudo.

Al llegar al hostal Pomegranade, cogí la caja que había llenado de cosas que no me iba a llevar y comencé a regalarlas. Uno de los dueños del hostal me preguntó porque regalaba todo eso. Nos sentamos y con un té en mano le conté mi historia. Le conté sobre mi proyecto… Tierra a la vista, la vuelta al mundo sin aviones, mi novia, mi coche… mis ganas de viajar.

Cuando terminamos la conversación me dijo:

-Las noches que te quedes son gratis, y si mis socios no están de acuerdo yo las pagare de mi bolsillo- Wow, le di las gracias y me sentí un poco mejor. La conversación hizo que se me olvidaran un poco los palos que me acababa de llevar. Mas tarde conocí a los otros dueños y muy lejos de no estar de acuerdo me animaban a que me quedase todo el tiempo que necesitase. Una gente genial como ya digo.

Pasé dos días en el hostal y aproveche para dar alguna vuelta mas por la ciudad. Al tercer día cogí el tren que me llevaría hasta hasta Baku, capital de Azerbaiyán. Una nueva etapa se abría paso en mi viaje, la vieja Europa quedaba atrás y los misteriosos países de la ruta de la seda serían mis destino por los próximos meses. Un amasijo de sentimientos encontrados recorrían mi estomago y mi cabeza. Las ganas de explorar cosas nuevas ademas del atractivo y seductor miedo a lo desconocido una vez más. Después de muchos años de viajar, volvía a aparecer en mis entrañas aquellas mariposas. Todos estos países en Europa ya no me causan ningún miedo si no que me encuentro cómodo y seguro, no se me mueve algo por dentro como cuando tenia 20 años e hice mis primeros viajes. Pero esta vez, volví a sentir aquella vieja y conocida sensación de nuevo. Me alegré de tenerla.

Dejar un comentario