Hasta pronto Hunza

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Como todo viajero, ya había pasado alguna que otra mala noche por culpa del estómago en viajes anteriores, pero esta vez fue diferente. Jesse se levantó a las 4:00 de la mañana para recoger sus cosas y poner rumbo a Islamabad, para un par de días después tomar un vuelo de vuelta a casa. A esas horas yo no había pegado ojo todavía debido a los continuos viajes al baño para vomitar.

Un día para olvidar

Cada uno de esos viajes se hacía una pesadilla porque aparte de lo desagradable del asunto en si, estaban las náuseas y el frío que pasaba cada vez que salía de la protección del saco de dormir y las mantas. Como bien pude me incorporé para dar un abrazo de despedida a mi compañero de cuarto, con quien en poco tiempo y gracias a largas conversaciones había cogido mucha confianza y amistad. Sus ultimas palabras fueron de animo.

-Sigue adelante con el proyecto. Estas haciendo algo muy grande-

Yo le prometí que lo haría y me volví a meter en el saco. También me dijo que tuviera paciencia, que eso le pasaba a todo el que viaja por estos lares y que en unos días estaría bien. Cuando salio del cuarto, la habitación, que en ese momento me pareció inmensa, ahora quedaba peor que vacía, con tan solo mi maltrecha estampa sentada en la cama situada en la esquina más alejada de la puerta. Cuando el sonido de sus pisadas subiendo las escaleras desaparecieron, el silencio absoluto se adueñó de todo. Me vi pequeño y como sumido en una soledad infinita y repentina. El dolor de tripa, las náuseas, el frío y en general la sensación de desamparo ante tal debilidad me hizo sentirme solo y asustado en un frío, desconocido y peligroso Pakistán. Me acomode en el saco sumido en mis pensamientos y al fin, en algún momento, caí rendido al cansancio para entrar en un sueño revuelto y plagado de pesadillas.

La siguiente vez que me levanté corriendo para ir al baño, la luz del sol que entraba por la ventana iluminaba la habitación por completo. Aquel día fue uno de esos que recuerdas toda la vida pero que en realidad te gustaría olvidar. Fue un día solitario en el que no hice absolutamente nada. Para empezar no quería salir de la habitación para no alejarme del baño ni abandonar la calidez de las mantas. Debido a la mezcla de cansancio y náuseas ni siquiera podía entretenerme leyendo o escribiendo algo para el blog. Solo dormía, y cuando no lo hacía en realidad estaba a caballo entre dormido y despierto. Las visitas al baño continuaron todo el día interrumpiendo las pocas veces que conseguía cerrar los ojos. En resumen, fue un día de esos en los que uno piensa: ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago en un sitio tan frío? ¿en un país tan raro? ¿y tan solo?.

Me sentí solo. Aun siendo consciente de que esto solo era un momento de bajón y se pasaría, ya que a estas alturas ya contaba con algo de experiencia en otras situaciones de esta índole a lo largo de este y otros viajes, no podía evitar sentirme perdido y desamparado. Me limite a decirme a mi mismo que tuviera paciencia, que mañana estaría bien. La noche llegó y me cogió exactamente en el mismo sitio que me cogió el día.

Sobre las 7:00 de la tarde me desperté aturdido. Tenía la sensación de estar febril y además con un horrible dolor de cabeza. Pensé que estaría deshidratado de tantos viajes al baño, así que en un estado de debilidad importante, me vestí muy despacio y aguantando las náuseas busqué algún lugar donde me pudieran vender agua embotellada. Salí a la oscuridad de la calle solo iluminada por algún coche o moto que pasa con escasa frecuencia. Por suerte, aunque ya casi apunto de cerrar, la tienda de comestibles mas cercana me vendió el agua. Debía tener mala cara porque el tendero se afano en preguntarme que me pasaba. Cuando le comente que estaba enfermo del estomago me dio unas pastillas pequeñitas que según el me harían bien. Le di las gracias y salí de la tienda. Con las pastillitas y el par de botellas bajo el brazo volví a la seguridad que existía bajo las mantas. Bebí agua e intenté dormir.

Estos fueron mis dominios durante esos dos días…

Aquella noche no fue buena tampoco pero ni punto de comparación con la anterior. Los asaltos a a letrina fueron muy poco frecuentes y logré dormir algunas horas seguidas. Por la mañana salí a la calle pegado a mi botella de agua. La visión de las montañas nevadas bajo el cielo azul me reanimó un poco. La brisa fría y agradable me despejó la cabeza y dejé de sentirme tan desgraciado mientras subía despacio a un mirador. De camino compré un par de manzanas que me comí, no sin antes pelarlas, al llegar al mirador sentado en un banco de cara al valle.

Reflexiones al salir del agujero

Aquel día fue bien, aunque me sentía débil, ya no me acordaba de lo maltrecho que me sentía la jornada anterior, sino todo lo contrario. Estaba contento y agradecido de que el viento me diese en la cara y de tener esas vistas delante de mi. Comencé a pensar en lo importante que es la salud, especialmente cuando uno esta viajando. Realmente todavía soy joven y fuerte, no tengo ningún problema de salud que me acucie o preocupe pero en la vorágine de un solo día de enfermedad llegué a sentir que este país, el cual unos días antes me parecía tan fantástico, era frió, extraño y peligroso. En un abrir y cerrar de ojos, durante el malestar, Pakistán no tenia nada de bonito si no todo lo contrario. Supongo que esto me servía de prueba, irrefutable ya que la había vivido en mi propias carnes, de que todo depende de los ojos con los que se mire. Aquel día en cambio, y a pesar del fatídico episodio del día anterior, me sentía muy afortunado por estar en aquel bello lugar. Sin duda, la salud es más importante de lo reparo en ella. Uno no se da cuenta mientras esta bien pero cuando no lo está, se convierte en el mayor handicap que se puede encontrar tanto en la travesía como en la vida.

Supongo que a todo viajero le suceden episodios de nostalgia, miedo, preocupación, etc. Pero de la misma manera esas vivencias que tan reales e intensas fueron en el momento, yo creo, a todos nos quedan como anécdotas que recordar que incluso dan un aire de mayor autenticidad a la propia historia. Viajar solo tienes sus ventajas e inconvenientes y quizás un caso como este sería una de las grandes diferencias con ir acompañado. Por lo que he podido comprobar, en una situación o un momento difícil, la soledad influye mucho en el estado de ánimo del viajero, pero de la misma manera, si uno esta sereno, la propia soledad se puede convertir en la mejor amiga del que tiene la determinación para superar cualquier contratiempo. De una manera u otra, estar solo te hace depender en exclusiva de la entereza, la fuerza y la cabeza de uno mismo, por lo que te concentras más en todos los aspectos de lo que te sucede tanto a ti como a tu alrededor. Te vuelves más consciente de lo que te rodea y de las posibilidades que tienes en cada momento. También, y como parte fundamental, eres más consciente de tu estado de salud, tu energía y tu ánimo para enfrentarte a las eventualidades típicas y normales de cualquier viaje largo. Esto siempre te permite reaccionar y tomar decisiones más rápido y seguramente con mejor criterio. No hay que tenerle miedo a la soledad. Es dura aveces, pero puede ser una gran compañera.

Los ismailitas de Hunza

El caso es que no morí y mi viaje continuaba. Aunque mas leve, la diarrea me duraría otras dos semanas, pero tan solo 3 días después del fatídico episodio en la cama de la guest house ya estaba bien para hacer vida normal. Entretanto, mi tiempo se resumía en pasear lentamente por los pueblos de Karimabad y Amegdabat e interactuar con la gente local de Hunza. Una mañana, en el Karimabad inn conocí a Hadia Hussain. Ella leía “Siddartha” de Hermann Hesse mientras se tomaba un té cuando por alguna razón que no logro recapitular, entablamos conversación. Si no recuerdo mal empezamos a hablar de lo rico que estaba el “milk tea” del Karimabad Inn y la conversación se extendió pasando por lo bonito que era Hunza hasta la situación político-religiosa en Pakistán.

Hadia es una chica de 28 años que nació y creció en Islamabad. También fue a la universidad allí y trabajó de responsable de marketing en una de las 2 compañías telefónicas más grandes del país. Además de inteligente y bien educada Hadia me pareció sensible y comprometida con la situación de su país. De hecho, en aquel momento había dado un giro a su vida. Habia dejado su trabajo, su ciudad, su familia y amigos y acabó allí trabajando como voluntaria en un colegio local, como parte de un programa de la fundación Agha Khan.

Gracias a Hadia pude conocer de primerísima mano el valle de Hunza. Ella me contó todo lo referente a este maravilloso lugar y esta maravillosa gente. Es muy largo pero intentare resumir las partes más importantes.

Hay que empezar diciendo que los habitantes de Hunza practican en su mayoría la religión Ismaili, que es una rama del Islam Chií. Los Ismailitas nacen de la polémica sucesión del sexto Imam Chií, quien elije a su primogénito Ismael como sucesor. Ismael murió al poco tiempo y se eligió a su hermano menor para ser imam. Los seguidores acérrimos de Ismael negaron que muriese y en cambio defendían que estaba escondido y volvería. Así nacieron los Ismaelitas, sin líder político-religioso y continuaron practicando su religión a espaldas de los dictados del Imam de la rama convencional (por llamarlo de alguna manera). Mas tarde se elegiría por fin un Imam Ismailita y así, esta vertiente del islam se ha perpetuado hasta nuestros días con el 49º Imam Agha Khan, que reside en Francia, como cabeza de los Ismailitas.

Hasta ahí, pues bueno… la historia de una rama minoritaria más de una de las religiones mayoritarias. Lo curioso es que esta rama es muy diferente a lo que en occidente muchos entienden como Islam. Seria un sin fin de diferencias y matices imposibles de enumerar en mi relato pero por poner un ejemplo, en Hunza las mujeres no llevan el pelo cubierto en su mayoría, puedes encontrar cerveza en las tiendas o son de mentalidad abierta por norma general.

En una entrada anterior, contaba lo que me sorprendió la charla que tuve con dos agricultores de la zona que me hablaban de manera muy educada y en un inglés perfecto. Después de que Hadia me explicara como funcionan estos Ismailitas y los objetivos de los programas de la fundación Agha Khan en Hunza, entendí como fue posible tal evento.

Por lo que ella me contó, la fundación tiene un especial interés en programas de educación. Los colegios de la zona tienen voluntarios como ella (que hablan inglés perfecto) dando clases de inglés y tutorando a niños desde su más temprana edad hasta los cursos superiores. Esta organización lleva trabajando en Hunza desde hace muchos años en diferentes proyectos y algunos ya dan sus frutos. A esto le sumas las montañas y la aparente predisposición pacifica de los Hunza y el resultado es, de verdad, un paraíso.

Como no hacía más que hacer preguntas sobre los Ismailitas, el Agha Khan y todo lo que lo envuelve. Hadia me propuso llevarme a ver uno de los programas de la fundación en Karimabad. Primero fuimos al palacio de Altit y me invitó a un zumo de albaricoque en el restaurante del recinto que rodea Altit. Es una especialidad local que elaboran de manera totalmente natural y rudimentaria. Está buenísimo… de los mejores brebajes que probé en la vida.

Resulta que todo el recinto lo mantiene la fundación del Agha Khan a través de un programa de independencia laboral para mujeres del pueblo. A toda la que quiere aprender se le enseña y se le da una labor que pueda hacer.

Un ejemplo era la escuela de carpinteras a la que tuve la suerte de poder entrar gracias a Hadia. Cuando llegamos, hablamos con los responsables y la maestra carpintera nos hizo un tour por la fábrica. Aquí las mujeres eran entrenadas para trabajar la madera por otras mujeres que aprendieron previamente.

Cuando entré en la pequeña nave había varios grupos de ellas trabajando. Si pasaba cerca de ellas, dejaban de trabajar y se quedaban mirando al extraño ser con cámara de fotos que no paraba de hacer preguntas. Dentro de la fábrica tenían un taller, un almacén lleno de muebles terminados y un aula para las clases de las aprendices. Todo hecho por mujeres, gestionado por mujeres y los beneficios se usan para financiar el programa y enseñar a nuevas niñas que quieran aprender. Le dimos las gracias a la maestra carpintera, y volvimos al Karimabad inn a tomar un milk tea.

La vida sana de los Hunza

Pero esto no es el único motivo de porque esta gente me parece tan especial. En Hunza, por alguna razón, probablemente debido a migraciones o causas genéticas o climáticas o que se yo, paseando por las calles de Karimabad te encuentras caras que perfectamente podrían ser europeas. No hace falta buscar mucho, en un paseo de 10 minutos por el pueblo puedes ver personas de tez blanca, caras pecosas, ojos verdes o azules y cabelleras lacias rubias y castañas entre otras caras con las habituales facciones y tez típicas del sub-continente Indio. Yo saqué pocas fotos de personas y demasiadas de montañas y no quiero publicar fotos que no sean mías, así que os animo a buscar en google fotos de las gentes de Hunza. Quedaréis boquiabiertos con su belleza.

También se dice que los Hunza viven hasta los 120 años gracias a las condiciones climáticas de sus montañas, la falta de estrés gracias a una vida feliz y a su dieta basada en vegetales y semillas. Hay cierto debate sobre este tema. Se dice también que los Hunza se ponen la edad como signo de respeto en la comunidad. Es decir, a una persona respetada y venerada seguramente dirán que tiene muchos más años de los que tiene.

Pregunté por esto último y lo hablé un día con Aslam mientras bebíamos un Chai. Él me contó que es verdad que antes la gente se mantenía joven más tiempo y vivía largos años, pero que desde hace más de 20 años, a Hunza llegan alimentos envasados, como a todos lados, y que él creía que la esperanza de vida ha cambiado para peor. Sobre la edad según la importancia en la comunidad no sabía ni comentó nada. Las conclusiones que yo pude sacar fueron pocas. Por un lado él mismo tenia menos de 30 años y parecía bastante más mayor. Si, tienen una dieta basada en el vegetarianismo, pero también doy fe de que comen carne con normalidad (en cuanto me recuperé del estomago un poco, siempre que pude fui al mismo lugar a cenar barbacoa de pollo o carne yak y nunca faltaron gentes locales alrededor comiendo también).  En cambio, también es cierto que comen muchos frutos secos y fruta deshidratada. En especial albaricoques, de los que también aprovechan sus semillas para diferentes usos. Desde comérselas como si fueran almendras, hasta molerlos para hacer harinas o mezclarlo con especias. No sé si ya viven 120 años o no, pero con seguridad a esta gente se les ve fuertes y sanos. Aunque por otro lado, este es también el caso de los autóctonos de otras zonas de altas montañas que he visitado. No se que creer… pero bueno, volveré a Hunza a hacer más preguntas y sacar mas de mis propias conclusiones algún día.

No es un adiós es un hasta pronto

Con respecto a mi, el tiempo en Hunza paso deprisa y entre que no me sentía recuperado del todo y que no encontré ningún compañero para otro trekking, como me hubiera gustado, no volví a hacer ninguna salida a la montaña. Mis expectativas se vieron totalmente truncadas cuando el tiempo comenzó a torcerse. Era mi sexto día en Hunza cuando empezó a llover, a nevar y a hacer frío.

La mañana de mi octavo día me levanté para ver el amanecer como todos los días y solo pude encontrar una capa espesa de nubes y un manto blanco que se había extendido desde la cima del Diran hasta las montañas inferiores casi rozando el valle. Aslam me dijo que estas serían las primeras nevadas y que pronto habría más. Sabiendo esto, decidí marcharme a Gilgit y de ahí coger el bus que atraviesa todo el Karakorum hasta Islamabad, la capital del país.

Dentro de mi reinaba una sensacion de vacío importante. Sentía que mi aventura en Hunza se había quedado incompleta. No estaba preparado para irme de aquel lugar maravilloso. Me sentía bastante desgraciado por no haber aprovechado más el tiempo y haber visitado más montañas pero a la vez sabía que mi viaje debía de continuar. Y este tramo en particular tendría que enfrentarlo antes o después y  tenia que hacerlo en buenas condiciones. Por lo que pudiera pasar…

Me despedí de Hadia aquella noche mientras cenábamos en el Karimabad Inn. Durante la cena le conté mis intenciones de ir a Islamabad y ella sin dudarlo me ofreció ir a su casa con su familia. Al principio me negué… no quería molestar a su familia, además sin estar ella no sabría como sería la situación. Solo hizo falta que insistiera una sola vez, para que me lo pensara mejor y aceptase. Sería una gran experiencia convivir con una familia pakistaní por unos días.

A la mañana siguiente me levanté temprano, me despedí de Aslam y Hussain y puse rumbo a Gilgit. En la estación de bus de Ahmedabad monté en un destartalado autobús que me dejaría en el centro de la capital de la región del área norte, Gilgit- Baltistan. Un último vistazo a aquel valle bajo aquellas montañas me hizo entender que volvería con toda seguridad. Desde aquí emprendo mi camino de nuevo, pero volveré. Hasta pronto Hunza.

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