Islamabad; religión y un terremoto en familia

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La mañana del 22 de Octubre de 2016 desperté en casa de la familia de Husain. Serían más de las 12:00 del mediodía, así que ya era hora de que saliera a presentarme como es debido. La noche anterior llegamos a la casa pasadas las 5:00 de la mañana, y a esas horas poco tiempo hubo para presentaciones.

Buenos días familia

Me desperté descansado y aseado como no lo había estado en mucho tiempo. La noche anterior, antes de meterme en la amplia y cómoda cama, había podido tomar una buena ducha caliente. La primera en mas de un mes…

Me vestí y casi como un ratón sigiloso salí de la habitación para encontrarme con mis anfitriones. Mi cuarto daba a una antesala del comedor principal, seguí mi camino hasta el salón y allí me encontré con Ahad sentado en una butaca donde de espaldas los ventanales del final del sala, leía el periódico tranquilamente.

-Ey… Hello, my name is David, nice to meet you.- Dije mientras me acercaba. Él dejó el periódico en la mesilla a su lado y se levantó corriendo para estrecharme la mano vergonzosamente.

Ahad es un chico muy especial. No sé hasta que punto pero se hace obvio de un vistazo que sufre algún problema mental. El día que le conocí tenia 28 años edad. Su cuerpo es el de un hombre adulto. Mas bien regordete con un torso bien grande del que salen unos anchos brazos que acaban en una manazas torpes. Incluso la alopecia no ha tenido piedad con él. Un cuerpo totalmente adulto, pero la mente de un niño. Aun con retraso metal, Ahad no tenía un pelo de tonto… es más, creo que es un tío muy listo. Aparte de ser súper cariñoso y servicial (a casi cada minuto me preguntaba si necesitaba algo), no serían pocas la veces que me sorprendería con alguna reflexión o alguna respuesta a las preguntas que dirigía a todos con datos exactos de fechas o sucesos que requerían de una memoria bien entrenada.

Aunque algo vergonzoso al principio, se ofreció a llevarme a la cocina para que me preparara el desayuno la que supuse sería una especie de ama de llaves o cocinera de la casa. Comí unas tostadas y huevos fritos que me hice yo mismo, ya que no me sentía bien dejando que me hicieran el desayuno a mi solo. Mientras engullía intenté sacar conversación y charlar un poco con mi anfitrión, cosa que resulto ser extremadamente fácil. Ahad estaba deseando hablar conmigo y cogió confianza muy rápido. Su palabra preferida cada vez que le contaba algo era: -¡Guau!-y se reía sin parar con cada historia.

Después de desayunar volvimos al salón Cada uno se sentó en una butaca y quedamos inmersos en nuestra lectura. Quería esperar a Aneela (la hermana menor de la familia, de 21 años) que por lo visto estaba todavía durmiendo.

-Es comprensible- pensé. Ya que por mi culpa no había podido dormir.

Si que hubiera sido comprensible si ese hubiera sido el caso, pero más tarde supe que Aneela era una de esas personas que viven como los búhos; despiertos de noche y durmiendo durante el día. Entre tanto, Ahad se marchó a ver la televisión a la antesala enfrente de mi habitación dejándome solo.

Charlando con Dadi

Recuerdo que reparé en lo bien iluminado que estaba la sala gracias a los grandes ventanales a mi espalda. Estaba inmerso en mi libro “El gran bazar del ferrocarril” de Paul Theroux, cuando por la puerta que da al garaje, hizo aparición una pequeña anciana de pelo blanco y mirada perdida cogida a un hombre alto y grande que lucia un protuberante mostacho y  vestía la ropa tradicional Pakistaní. Me levanté de un salto y me acerqué a saludar.

-You must be Dadi- Dije en voz alta y le extendí la mano para ofrecer mi ayuda.

Al oírme casi gritar, el hombre me sonrió, me estrechó la mano con fuerza y me confió a la anciana que ya se dirigía casi sin esperarme a una de las butacas.

-And you must be David- Dijo ella con tono muy cortés y una de las sonrisas más amplias que he visto en mi vida.

Hadia ya me había hablado de Dadi, la omnipresente abuela de la familia, que era el alma de la casa. En Octubre de 2015 Dadi tenía ya 85 años. A pesar de los años y una aguda perdida de oído (por eso la gritaba), esta encantadora anciana todavía tenía la cabeza muy bien puesta. Hablaba un inglés perfecto (cuando digo perfecto es perfecto) y al menos por las mañanas cuando todavía no estaba cansada se la notaba totalmente lúcida.

Dadi se sentó tranquilamente en la butaca que ocupaba Ahad hace un rato y casi de inmediato comenzó el interrogatorio de rigor. La anciana tenía unas ganas locas de hablar con aquel joven extraño de pelo raro y lleno de tatuajes que estaba sentado en el salón de su casa. Quería saber quien era, que había estudiado, en que trabajaba, quienes eran mis padres, mi familia, mi pasado, mis planes de futuro, el importantísimo dato de si estaba casado o no, etc etc.

Conversé con ella durante al menos un par de horas. A gritos por mi parte, al principio hablamos de mi casi todo el rato. También se mostraba ávida de saber que hacia allí y como había llegado hasta Pakistán. Le conté la historia del viaje, sobre «Tierra a la vista», sobre mis intenciones de dar la vuelta a mundo sin aviones, sobre por qué lo hacía y sobre como me sentía.  Con los ojos como platos debido a la información que le llegaba, no paraba de decir una y otra vez que era un joven muy valiente. Yo reía cada vez que lo repetía y le daba las gracias entre risas.

Ella sonría continuamente y si alguna vez bajaba el tono me cortaba sin piedad alguna y me instaba a hablar más alto. Le trajeron un plato de uvas y ella me las ofrecía, o bueno… como buena abuela, me obligaba a que cogiera una cada dos por tres.

La conversación continuaba. En cierto momento me agarró el brazo y observó detenidamente y con curiosidad el tatuaje que lo cubre entero. Me preguntó si podía tocar las rastas… Por supuesto accedí. Las apretaba, las inspeccionaba entre sus ancianos dedos como si de un trozo de tela al que estaba evaluando la calidad se tratara. Las contaba una y otra vez y por ultimo, como no, preguntó si eran reales.

En algún momento de la conversación surgió el tema y comenté que mi padre es Iraní. Se sobresaltó, y con la expresión que pone alguien cuando ata los cabos que le faltaban, me dijo que por eso era tan guapo, que los persas son muy guapos. No podía parar de reírme con ella.

Durante la semana que pasé en Islamabad, tendría mil y una conversaciones con Dadi. Por muchos motivos esta gentil abuelilla me pareció una mujer excepcional. Y aunque todos y cada uno de los miembros de la familia se encargaron de dejar una huella imborrable en mi aventura (y mi vida) es de Dadi de quien guardo el recuerdo más tierno.

Tuve el placer de escucharla contar mil historias, siempre sonriendo, siempre amable y siempre obligándome a comer algo o diciéndome lo guapo y lo buen chico que era. Hushmat, que es su nombre real (solo la familia la llama Dadi cariñosamente) nació en Dahka (hoy en día capital de Bangladesh) en 1930. Por aquel entonces los británicos todavía andaban por la zona. De familia de clase alta, su padre se dedicaba a la política local. En las historias que tuve el lujo de escuchar entendí que su vida estaba plagada de buenos recuerdos de su época en aquella ciudad, donde ella y su familia vivían en una casa de campo… ¡con piscina! (para ella era muy importante la piscina).

Todavía siendo una niña vivió la segunda guerra mundial, y vio como todos sus hermanos mayores eran enviados al frente. Esta época no la recordaba con tanta felicidad. Sus palabras fueron:

-«La casa se quedo vacía de hombres, solo las mujeres se quedaron»-

A finales de los 40, siendo adolescente ,vivió el cambio que sufrió todo el sub-continente indio cuando los británicos se marcharon y tanto India como Pakistán pasaron a ser estados independientes, con sus consecuentes conflictos fronterizos. Pocos años después se casó con un militar de alto nivel. Al parecer un hombre brillante, llegó a ser el único miembro pakistaní de la guardia real de su majestad la reina de Inglaterra. Aquello llevó a Hushmat a vivir en Londres del 61 al 63 (de ahí su perfecto inglés).

De nuevo en Pakistán, en el 71 tuvo la desgracia de vivir otra guerra. Esta vez entre Pakistán Occidental y Pakistán Oriental (hoy en día Bangladesh). La guerra que los bangolis e indios llaman la guerra de liberación de Bangladesh. Su hijo (el padre de Ahad, Hadia y Aneela) también fue militar y aunque no en batalla sino por causas indirectas, la guerra también le costó la vida siendo todavía muy joven. Dadi ha vivido, hasta el día de hoy, una vida marcada por la guerra. Teniéndola siempre muy presente, ya que los hombres de su familia fueron prácticamente todos militares o sirvieron en alguna guerra.

The Landscape

Un día, entre historia e historia se levanto con esfuerzo y fue a su habitación a buscar algo. Volvió con un poema enmarcado titulado «The landscape» (El paisaje).

A few strokes

Some harsh some not

The landscape of life was wrought

What master mind was it

That dabbled pain on poverty

Refecting ruthless lack of reason

What wrath was it that created this earth?

A pause a thought,

And with swish of the brush

Rich golden hews appeared

Blue skies smiledwith abundace

Rippling rivers raved with mirth

Fruits to achivements

Ripened by the heat of power,

Glowing health and contentment

All this in one,

the landscape of our creation.

Husmat Husain 1965

El poema lo escribió en 1965 una joven Hushmat, cuando todavía no era la gentil anciana Dadi. Ya en aquel momento aquella joven estaba cansada de la guerra… todavía no sabía lo que le esperaba unos años más tarde. Sentada en su butaca lo leyó. Lo recitó solo para mi después de muchos años sin leerlo. Yo escuché allí sentado, inmóvil, intentando entender las palabras y el sentido que ella les daba. Le di las gracias y un abrazo mientras ella me miraba con sus ojos medio nublados y sonreía. No lo voy a traducir por que creo que la poesía solo tiene sentido completo en su lengua original. Espero que los que sepan inglés lo entiendan y los que tengan que usar un traductor puedan entrever un ápice de la fuerza y del sentimiento de esperanza que transmite.

Escondido del Muharram

Volviendo a lo que sucedió en mi primer día de estancia en la casa, más tarde despertó Aneela y poco antes de la cena llegó Gulresh (madre y cabeza de familia). Para celebrar mi estancia como invitado, me llevaron a cenar al Islamabad Club, del que la familia es socia desde hace años, aunque ya no van casi nunca. El Islamabad Club era un recinto con todas las comodidades y servicios que un miembro necesitara. Desde hotel, restaurante, gimnasio, biblioteca o piscina. Muy al estilo británico, con botones en la puerta del hotel y metre en el restaurante, el Islamabad Club era probablemente uno de los sitios más selectos de la ciudad. Allí cenamos, y nos dimos un paseo por los jardines del recinto. Todavía era un día de presentaciones así que, durante toda la velada, hablamos mucho… lo que se resume en que me hicieron muchas preguntas, sobre mi y sobre el viaje.

Durante los siguientes 4 días me los pasaría encerrado en la casa debido a diferentes casualidades. No fue un encierro voluntario en realidad ya que yo quería salir pero la familia me insistía en que no lo hiciese. Por respeto a ellos no puse un pie en la calle aunque me hubiese gustado. He de decir que al menos, tampoco fue un encierro aburrido, ya que tenía a Ahad y Aneela siempre pendientes de mi, además de aprovechar a escribir para el blog e ir adelantando algo del trabajo atrasado.

El primer motivo del encierro fue el Muharram. El viernes 23, sábado 24 y domingo 25 de octubre eran los últimos días del festival Chií y la familia tenía miedo de que ocurriera alguna desgracia (básicamente una bomba) y me pillara ahí en medio.

El Muharram es una festividad en la que los musulmanes Chiís lamentan la muerte del Imam Hussein, (quien ellos consideraban el sucesor de Mahoma) que fue asesinado junto a sus fieles (gran parte de ellos eran su propia familia) durante su peregrinación a la ciudad santa.

En esta festividad, los peregrinos y participantes de las procesiones se flagelan en muestra de solidaridad con su mártir. Aquí hay que entender e interpretar lo que en realidad significa la celebración y no dejarse llevar por las ideas que dan las sádicas imágenes que a veces la televisión nos muestra en occidente. Los musulmanes chiís no están locos por el hecho de practicar su religión y no es común que durante el Muharram se flagelen hasta quedarse medio muertos o sangrando sobre el asfalto. Obviamente, hay niveles y hay extremismos y hay fanatismos como en todo. Normalmente los participantes en las procesiones se golpean el pecho levemente sobre el corazón como muestra de compasión y queriendo representar que comparten el sufrimiento de sus mártires. Por supuesto esto se eleva según lo fanático que uno sea, desde darse fuerte en el pecho hasta, como en indonesia, darse con un látigo o cadenas en la espalda hasta que ésta queda abierta emanando sangre como una fuente.

El miedo de la familia no residía en que los Chiís me hicieran nada si iba a una procesión (aunque era mejor tener respeto por su luto y no pasearse por allí a hacer fotos). Más bien el miedo era a que se repitiesen los ataques de algunos extremistas Sunis que aprovechaban la congregación de la otra facción para poner una bomba u organizar un tiroteo en el que acabar con el mayor numero de Chiís posible. El domingo era Ashura, el día más importante y por tanto el más sensible. Aunque me moria de ganas de salir y hacer algunas fotos del evento, aquel día lo pasé entero jugando a la Tekken en la Play Station y viendo películas con Ahad y Aneela. No fue la mejor manera de pasar Ahsura pero tampoco estuvo mal.

El lunes por fin era día de visitar Islamabad. Por la mañana fui a desayunar al mercado de Westrich en Rawalpindi, donde probé por primera vez el que se convertiría en unos de mis desayunos favoritos para el resto de mi vida seguro. El Halwa Puri en Pakistán es diferente al de la India. Los puris son una especie de creepe frito que se infla y se queda tan fino que se deshace entre los dedos y el Halwa es una especie de puré de sémola dulce con especias. ¡Un manjar!

¿Es un terremoto?

Planeamos el día para visitar la ciudad de arriba a abajo en cuanto Gulresh llegara de trabajar. Sobre la 1:00 del medio día Ahad, Annela, Dadi y yo estábamos comiendo en el salón principal cuando las ventanas empezaron a vibrar lévemente, luego mas violentamente, luego las sillas, la mesa y al final durante unos 20 segundos el mundo entero se movía. Nos quedamos paralizados por las sacudidas del suelo, Ahad se puso un poco nervioso y yo por un momento pensé en coger a Dadi en brazos y salir de la casa. Con un gesto entre la sorpresa y el terror Aneela preguntó:

-Is this an eartquake?-

No dio tiempo a decir nada más y sin ni una pista que ayudara a intuirlo, el temblor acabó de repente.

-¡Guau! ¿Acabo de vivir un terremoto? No es para tanto- Pensé.

Resultó que estuve totalmente equivocado. Si que fue para tanto. Se fue la luz y cuando Aneela intentó contactar con su madre por teléfono tampoco se podía… Las líneas estaban cortadas y no había electricidad.

La corriente volvió pasadas pocas horas y enseguida pusimos la televisión. El epicentro había sido en Afganistán, cerca de la frontera norte de Pakistán. Pequeños pueblos del norte habían sufrido grandes destrozos y con ello grandes pérdidas materiales. El mismo Peshawar e Islamabad habían sufrido daños, y habían desalojado varios edificios por riesgo de derrumbamiento a causa de los daños en las estructuras. A partir de ese día una de las hermanas de Gulresh que vivía en un edificio del centro se mudó a la casa con nosotros porque su apartamento corría riesgo de derrumbamiento.

Tristemente aquel día tampoco salí de casa. Islamabad era un caos y el tráfico hizo que Gulresh llegara muy tarde a casa. Nos pasamos el resto del día pegados al televisor escuchando las noticias que llegaban de los diferentes puntos de las zonas afectadas. En Hunza el terremoto se hizo notar bien fuerte. El glaciar de Ultar se había derrumbado cubriendo de hielo y tierra todo el valle hasta las puertas de Karimabad. Poco más de una semana antes yo estaba ahí mismo. Allá donde el glaciar hecho pedazos se había convertido en un alud y lo había sepultado todo. Estaba perplejo ante el televisor, perplejo ante tanta destrucción. Ahad me iba traduciendo las noticias aunque las imágenes hablaban por si solas. Todos nos fuimos a la cama pronto aquel día con el medio miedo en el cuerpo de que hubiesen nuevas sacudidas… no había ganas de nada. Mañana sería otro día.

Visitando la ciudad

Por fin llego el día en que pude salir de visita a ver Islamabad como es debido. Aquel día quisieron llevarme a demasiados sitios diría yo. Casi como si en compensación por los días de cautiverio, aquel día visitamos corriendo varios puntos significativos de la ciudad.

Fue un día lluvioso y por lo tanto no era óptimo para las visitas pero aún así le sacamos todo el partido a las horas de la tarde. Gulresh, Aneela, Ahad y yo íbamos de aquí para allá charlando y teniendo buenos ratos. Ya desde el asiento, podía empezar a ver un poco como era la vida en aquella ciudad. A primera vista diría que amenazadora ya que a cada poco rato veíamos hombres fuertemente armados. Los colegios estaban custodiados por militares apostados en torretas de vigilancia equipadas con grandes metralletas. Los autobuses escolares eran conducidos por un militar y otro que empuñaba una AK-47 a su lado era el encargado de proteger a los niños. A mi me daba mas miedo que seguridad pero me puedo imaginar a mi mismo acostumbrándome a ver armas por doquier sin sobresaltarme. Igual que hacia toda aquella gente. Las calles estaban llenas de cableado expuesto y debajo de ellos la vida discurría en aquella ciudad. Pasamos por infinidad de mezquitas y una iglesia. Miles de calles y bazares abarrotados.

Primero visitamos el parque natural de Pir Sohawa. Donde disfrutamos de las vistas panorámicas de toda la ciudad desde lo alto de la colina. Al bajar nos topamos con grupos de monos que trasteaban con los restos de aquellos que habían estado de picnic por la mañana.

Luego visitamos Rawal lake donde presenciamos un precioso atardecer color fuego mientras comíamos palomitas y veíamos las barcas flotando en e lago.

Por último y ya en la oscuridad de la noche visitamos el monumento a Pakistán. Allí me empapé de la historia de la fundación del país, de cómo se vio desde aquel lado la partición cuando los británicos se marcharon y de quién era aquel al que consideraban un héroe y padre de la nación, Mohammed Alí Jinnah.

Para cenar me llevaron a un restaurante en el que hacían los kebabs de pollo más sabrosos que había probado en mucho tiempo y unos dulces tradicionales. El gulaj jaman es el más típico (también lo tienen en la India) pero probé unos cuantos de los cuales algunos tenían un sabor y textura fuerte y espesa en la boca, como láctoso y ultra dulce que no se va de la paladar en horas. La textura era así como si masticaras una especie de arenosa pero densa miel salida directamente del panel de abejas. Creo que alguno de aquellos dulces fue el culpable de más de una visita al baño al día siguiente pero bueno…mereció la pena.

Al día siguiente visité un bazar en Rawalpindi donde compré algún regalo para la familia. Comimos en el bazar y anduvimos un buen rato ya que era enorme. Gulresh , que estaba constantemente preocupada por mi, me dijo al salir de una de las tiendas que ahora entendía como había podido viajar tanto tiempo solo. Cuando le pregunté el por qué me dijo que la manera que había tenido de regatear en cada tienda fue muy astuta.

-Siempre te llevas lo que quieres a buen precio y además también te quedas con la simpatía del vendedor. Se te da muy bien-

Me entró la risa, le di las gracias por el cumplido.Le dije que unas de las características de los españoles y de su carácter son la del buscavidas y la del pillo (por decirlo de alguna manera). Ella encontró graciosa la explicación cuando le hablé de la historia del Lazarillo de Tormes comparándola con alguno de nuestros políticos de hoy en día… pensé que así se haría una idea de ese tópico sobre los españoles que a nosotros mismos nos da risa y rabia a la vez.

Tres generaciones de mujeres en Pakistán

Por supuesto, durante todos estos días tuve la ocasión de hacer miles de preguntas también. Enterarme de como funciona el país a los ojos de tres generaciones diferentes de mujeres de primera mano, creo que fue la mejor de las maneras.

Seria difícil resumir todo lo que tuvo lugar en las discusiones pero podría destacar un par de cosas. Por un lado Dadi recordaba buenos tiempos pasados cuando la religión no era tan ferviente. Ella es musulmana devota pero no aprueba lo que la religión hace al país. Alguno de sus comentarios dejaban entrever como echaba al culpa de que Pakistán estuviese así a los antiguos colonos ingleses. Aunque nunca dejo de admirarlos por lo que me pareció.

Gulresh estaba en un punto intermedio. Su opinión sobre la situación del país eran moderada y esperanzadora. Por lo que yo interpreté, ella pensaba que el país tenia mucho que mejorar pero lo estaba haciendo y había que ser paciente. Aneela, la generación mas joven, aveces hablaba casi con rabia del día a día en su propia ciudad. Ella se siente fuerte y quiere cambiar las cosas como todos os jóvenes. Tenia opiniones muy criticas sobre la influencia que ejercían algunos países de la península Arabica en Pakistán y como esto lleva al país por una senda de oscurantismo religioso y no lo deja avanzar. Pero en el fondo de sus palabras se escondía la misma esperanza de cambio que expresaba Gulresh. En una cosa coincidían las tres, la confianza en el ejercito. Por lo visto los militares están muy bien considerados en todo el territorio gracias a sus acciones contra los talibanes y la seguridad que proveen a la población.

Una curiosidad que a mi me dejo perplejo fue la siguiente. En Pakistán existe algo llamado ley de blasfemia o anti-blasfemia. Según esta ley, si alguien (cualquier persona) piensa que has cometido blasfemia de alguna manera, ya sea de palabra o acto, puede matarte ahí mismo. Tiene el derecho a matarte. Si…tal y como suena. Luego van a la policía, reportan el suceso y todo bien. En realidad no es algo que pase a menudo pero si que hay casos cada cierto tiempo. En fin… las cosas definitivamente que tienen que mejorar y espero que lo hagan.

Se acabaron mis días en Islamabad y por lo tanto mis días con la familia Husain, que ahora consideraba mi familia también. Durante los meses siguientes no he parado de acordarme de ellos y escribir sobre mis aventuras y desventuras en Pakistán me recuerda constantemente lo buenos que fueron mis días allí. Pueden contar, y lo saben porque sigo en contacto con ellos, con que volveré a hacerles una visita más pronto que tarde. Insha’Allah.

Lahore

El día 28 de Octubre nos despedimos con alguna lágrima por mi parte, sobre todo cuando me tocó decirle adiós a Dadi. Tomé un autobús a la ciudad de Lahore, que se encuentra prácticamente en la frontera con India.

En la estación de autobuses de aquella inmensa ciudad, encontré una balanza. Tenía curiosidad de pesar mi mochila así que lo hice. La gigantesca cosa pesaba 24 kilos. Un peso que ningún viajero inteligente llevaría. Después me subí yo. La balanza marcaba 74 kilos y eso que llevaba ropa puesta. Frente a los 82 kilos que pesaba cuando comencé el viaje, la pérdida continua de peso me empezaba a preocupar un poco. Pero bueno había que seguir adelante.

Ya en el centro de la ciudad, encontré hospedaje en el Lahore Backpackers. El sitio no es una maravilla pero es barato. El problema es que la mitad de los que trabajan allí son unos ladrones. Nada mas llegar conocí a Azad Khan un hombre de Sri Lanca que andaba allí por negocios. Había leído en Internet que Lahore era un destino complicado para hospedarse ya que había varas menciones a robos directamente el propio hostal. Pregunte a Azad, y esté, mirando hacia un lado y otro bajó el tono y me confesó que a él ya le habían robado. Estuve dos días y dos noches allí y al tercero puse rumbo a la frontera, y nunca me separé de todo lo que tenía valor en mi mochila, ordenador incluido. Eso significaba que cada una de mis escapadas a la ciudad iba cargado como un estúpido. Pero era lo había.

No tengo mucho que contar de Lahore ya que estuve muy poco tiempo. Parecía una ciudad con muchísima actividad. Me pareció un loco caos gigantesco. En general se podía ver mas diversidad que en Rawalpindi por ejemplo. La ciudad tiene fama de ser la mas moderna de las grandes ciudades del país. Aun así, cuando andaba por los antiguo bazar de la medina notaba que me miraban como si fuese o un dios o un demonio. Como algo raro salido de otro mundo. Allí hacía calor, no como en las montañas así que no había manera humana de taparse las rastas y los tatuajes sin asarse. Por lo que andaba tal y como andaría en Madrid. Eso si, en el bazar volví a comer Halva puri cada mañana en el mismo lugar y he de decir que era el mejor que probé en toda mi estancia en Pakistán.

El día 31 por fin dirigí mis pasos a India. Llegar hasta alli por tierra era uno de los grandes meridianos del viaje y estaba pletórico de haberlo conseguido. La parte pakistaní fue fácil y relativamente rápida. Un sello, unas risas, una palmadita en la espalda y hasta mas ver Pakistán. Ha sido un placer.

La parte india fue más tediosa, larga y extremadamente lenta… de un mostrador a otro, hasta que me habían registrado tres veces la mochila, hecho mil preguntas y tenido esperando horas. Por fin me dejaron libre y me dieron la bienvenida… Estás en India.

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