Cruzando el Mar Caspio

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No podia permitirme perder el barco una vez mas. Estaba en sobre aviso, si no salia de Azerbaiyán en unos días alomejor ya no salia tan fácil. El día que aseguraron que había barco en el puerto, cogí un taxi para ir al puerto, a unos 80 km de Baku en un pueblo llamado Alat. Debido a mi extrema, y esta vez desmesurada anticipación, llegué antes de las 14:00 de la tarde. Allí me informaron de que el barco en e que cruzaría el Mar Caspio no zarparía hasta hasta las 20:00.

Por fin abordo

Fui el primer pasajero en subir en embarcar. Uno de los empleados de abordo me condijo a un camarote de 6 camas y allí me dejaron, sin mas explicación. Ninguno de los que trabajaban en el barco hablaba inglés y ninguno de los que fueron subiendo parecía tener ni idea tampoco. Por aquel entonces no había aprendido ninguna palabra en ruso más que a decir gracias, adiós y poco más así que en un principio la comunicación era una asignatura complicada.

Para matar un poco el tiempo, una vez ya instalado fui a la sala común donde servían té. Unos cuantos hombres allí sentados estaban enzarzados en lo que parecía una discusión sobre política. Interpreté que era una discusión, y que era sobre política, porque el tono era ajetreado con continuos cortes e interrupciones de unos a otros. De cada 10 palabras una era Turquía, otra América y otra Rusia. También mencionaban a Putting o a Obama continuamente así que no había duda. Me quedé allí escuchando… calladito, como el que no quiere la cosa.

Hacia el final de la discusión el duelo se centraba en dos de los participantes acaloradamente. Un anciano turco, que parecía muy tosco en su forma de hablar, llamado Aladin y un georgiano algo más joven llamado David. Cuando trajeron el té con pan y mantequilla todos nos sentamos a comer y la discusión se disipó entre el el ruido de las cucharillas moviendo el té y los pequeños sorbitos del abrasador brebaje que quemaba como mil demonios.

You muslim?

Aladin posó lo ojos en mi y comenzó la ronda de preguntas. Como bien pudimos él preguntaba y yo respondía. Una vez más me dijeron que parecía Azari, y una vez más, cuando aclaré que mi padre es iraní y mi madre española un largo – Aaahhhhhhh- por parte de todos los presentes dio por aclarado el porqué de mis rasgos. Al principio las preguntas fueron las típicas pero Aladin me dijo algo que me llamo la atención.

-You muslim?- Respondí que no.

Se extrañó y con cara inquisitoria y volvio a preguntar.

-You christian?- De nuevo mi respuesta fue no.

De nuevo la mirada inquisitoria… Y Aladin volvió a preguntar.

-Papa muslim?- Esta vez conteste que si.

Hizo un aspaviento con las manos y negando con la cabeza dijo:

-Papa muslim, you muslim- Yo sonreí… y conteste que no.

Mirándome a los ojos, Aladin se reclino un poco sobre la su té para acecarse un poco a mi. Con tono serio pero con una sonrisa dijo:

– You muslim- y ahi dio por terminado el asunto por su parte. Yo por no darle más vueltas al asunto y todavía sonriendo, me encogí de hombros y esta vez dije:

-Ok-

Una noche en el Caspio

Más tarde, otros pasajeros subieron al barco. Entre ellos dos chicas inglesas que viajan en bici hasta Beijing y un grupo de polacos que viajaban en furgoneta en una expedición por toda China y vuelta a Polonia por Siberia en invierno. Ya tenía con quien hablar durante la travesía.

El barco zarpó casi cuando oscurecía. Pronto en nuestro ascenso al norte pasamos lo suficientemente cerca de Baku como para diferenciar las luces de “The Flame Towers”. Una visión espectacular a esta distancia desde el mar. Sirvieron la cena y unos georgianos en mi camarote nos invitaron a todos los demas a chacha. Como buenos hijos de su tierra, los cabrones bebían a una velocidad pasmante y se ofendían si no les seguías el ritmo. Después de tres chupitos ya me puse cabezón y no les dejé llenarme el vaso más. Ellos en cambio siguieron hasta quedarse K.O.

Antes de dormirme salí un rato a cubierta. Pronto estuvimos en alta mar (si es que se le puede llamar así), se dejó de ver la costa y por lo tanto ninguna luz en el horizonte. La noche era oscura, no había luna y tampoco se veían las estrellas debido a las espesas nubes. Aún así la oscuridad absoluta se plasmaba atrayente y tranquilizadora junto con el sonido de las olas rompiendo en el cascaron del aquel carguero mientras viento me azotaba la cara. El conjunto hacía posible uno de esos ratos en los que uno se pierde en sus pensamientos y los minutos se le pasan volando. Después de un rato, con el cuerpo frío y aplomado la sensación de cansancio me fui a mi camarote donde todos dormían. Los dos georgianos roncaban como animales así que me puse los tapones para los oídos y me dormí con el balanceo del barco cruzando las aguas del Caspio.

Al día siguiente desperté junto con las inglesas para ver el amanecer. Fue bonito, rojo fuego por encima de las aguas grises de la mañana. Por desgracia no duró mucho ya que el cielo seguía cubierto de nubes. Después de hacer algunas fotos, volví a la cama. Los georgianos me despertaron ya para el desayuno. Con la tripa llena me dieron ganas de volver a la cama otra vez, pero ya era difícil debido al ajetreo de gente entrando y saliendo.

Paseando por el Shandag

A media tarde nos informaron que llegaríamos por la noche y que con un poco de suerte, si el puerto no estaba lleno, pisaríamos Kazajistán ese mismo día. El resto de la mañana fue para leer en cubierta y disfrutar de la brisa del mar. Al medio día me fui a explorar los rincones del barco. El SHANDAG, que es como se llamaba el barco, era grande para la poca tripulación que había, así que podías ir de aquí para allá en relativa soledad. En el interior de la nave, había almacenados varios trenes de mercancías cerrados a cal y canto además de los vehículos de los pasajeros. Volvía ya a cubierta cuando me encontré con una escena cuanto menos curiosa.

Cualquiera hubiera pensado que el pollo que cenábamos y comíamos lo sacaban de un congelador y lo metían a la cazuela. ¡Pues no!. Los pollos estaban vivos y coleando hasta que Mehmet, uno de os operarios del carguero, los sacaba de la jaula y les rebanaba el cuello. Fue una visión poco agradable pero por curiosidad supongo no lo pude evitar y me quedé a verlo… y grabarlo.

Tal y como se nos prometió, llegamos a Aktau por la tarde/noche aunque no pudimos abandonar el barco hasta las 12 de la noche. Entre atracar, los registros del equipaje y el sellito en el pasaporte pasaron más de 4 horas de espera. Seria como la 1 de la mañana así que los demás decidieron quedarse a dormir allí en el barco. Yo, en cambio tenia a Paul, mi anfitrión de Couchsurfing, esperándome. Abandoné el puerto solo y a pie buscando un taxi que no tardó en aparecer en la oscuridad. No tuve problema para llegar a la ciudad.

A día 1 de Septiembre había cruzado el Caspio estaba en Kazajistán. Me adentraba en Asia central.

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