Rishikesh; Diwali a orillas del Ganges

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No tengo la capacidad narrativa para describir lo infernal que fue la noche en el autobús que nos llevó desde Shimla a Haridwar. No exagero si digo que por mucho que me esforzara en hacer una descripción fiel de aquella experiencia, jamás podría transmitir con justicia cuan horrible resultó ser.

Autobus directo al infierno

Para empezar, el vehículo era una lata con ruedas, la mitad de las ventanas rotas y no más de 60 asientos. Para los 60 asientos éramos al menos 80 personas con sus bolsas, maletas y cajas de tamaño desproporcionado repartidas por cada hueco del bus.

A Julio y a mí nos tocó ir sentados en una de las primeras filas de tres asientos, él en la ventana y yo en el medio. Los asientos de plástico duros como una piedra sin ningún tipo de cojín o simple tapizado que acolchara un poco el culo o la espalda y sin respaldo para la cabeza. Por supuesto la posición del asiento era recto a 90 grados sin la posibilidad de moverlo.

Allí, apretados en el limitado espacio que dejaban las pobres almas apelmazadas sobre cajas de equipaje en el pasillo y las bolsas que pendían ligeramente sobre nuestras cabezas, nos temíamos un viaje complicado. Aun así no estábamos muy preocupados, a estas alturas ya habíamos estado en situaciones parecidas… saldríamos vivos de aquella sin problemas.

Pasadas las 08:00 de la noche, el bus puso rumbo a Haridwar. Los indios conducen rápido y mal por norma general. Acelerones y frenazos continuos son lo normal. Después de 2 semanas en India uno está ya acostumbrado pero, en una carretera plagada de curvas se hacía algo más duro soportar. La suspensión del aparato tampoco estaba muy allá, por no decir que era chicle, así que íbamos botando continuamente y de vez en cuando un gran bache te sacaba el culo del asiento de un bote. Incluso hasta ahí yo diría que era soportable pero al poco tiempo de salir comenzó la pesadilla.

Las curvas se sucedían incesantes una tras otra. En el habitáculo ya hacía calor debido a la cantidad de cuerpos apretados unos con otros compartiendo el limitado espacio y aire. Todos le sudábamos la camiseta al de al lado además de a nosotros mismos. Por el contrario, fuera hacía mucho frío así que gotitas de agua se condesaban en las ventanas empañadas.

Pudimos comprobar durante toda la estancia en la India, que los indios no tienen mucho aguante para los viajes largos y mucho menos para las curvas pero aquel día lo dejaron bien claro. Durante toda la noche un gran porcentaje de ellos, por no decir prácticamente todos, vomitaron al menos una vez. Además del sonido del motor, del viento y el traquetear de las ventanas rotas tapadas por maderas, el ruido de las arcadas y escupitajos eran parte de la banda sonora del autobús en todo momento. El olor a vomito inundaba el ambiente cada poco rato. A veces alguno de los pasajeros cercanos a nosotros abría la ventana para vomitar y un viento glaciar entraba de golpe desde el exterior hasta tus mismísimos huesos. El sudor se te enfriaba y la sensación de estar enfermando se unía a la sensación de incomodidad.

Era un autobús hostil para todos los sentidos y por supuesto no era un lugar en el que se pudiera pegar ojo en absoluto. Bien entrada la madrugada, el cansancio era tal que estábamos inmersos en un estado de trance apático y estoico en el que no sentíamos nada… solo los minutos pasar lentos como si el viaje fuera interminable.

Felices en Rishikesh

La pesadilla acabó poco antes de las 7 de la mañana en la estación de buses de Haridwar. Sin mucho ímpetu debido al cansancio, intentamos encontrar un bus local a Rishikesh pero nos rendimos pronto y fuimos directos a coger un rickshaw. Los conductores obviamente intentaban sacar la mejor tajada pero nosotros no nos dejábamos. Nos enfadamos porque uno de los conductores empezó a reír sospechosamente cuando empezamos regatear, pero al final la negociación llegó a un punto de acuerdo, 300 rupias con la condición de que nos dejara exactamente donde queríamos ir o si no, no le pagaríamos… nada de dejarnos en la estación de bus y que nos las arregláramos como habíamos comprobado que pasaba otras veces.

Llegamos a Rishikesh y efectivamente el tipo no sabía dónde ir. Nos quería dejar en algún sitio donde él pensaba que era suficiente. Después del viajecito en bus, aquel era un mal día para tocarnos las pelotas (con perdon), así que tal y como prometimos no le pagábamos. Tras una pequeña discusión en la que se metieron otros conductores de rickshaw le dimos 200 y nos fuimos sin mirar atrás. Tuvimos que andar un rato hasta Laxman Jhula, donde se acumulan las guest house para viajeros además de las escuelas de yoga y algunos templos. Allí nos esperaban Santi y Sule, los dos viajeros asturianos que conocimos la semana anterior, para pasar un par de días juntos y hacer alguna actividad además de jugar al Mus sin parar.

Aquel primer día no hicimos mucha cosa ya que las fuerzas no dieron para mucho mas. Cuando despertamos de nuestro merecido descanso nos reunimos con los asturianos. Anduvimos un rato por los alrededores de Laxman Jhula. Allí se acumulan un extraña mezcla de transeúntes. Los indios locales se movían entre, muchísimos turistas, algunos «babas» y monos ladrones. El resto del día se resumió en charlas, juegos de cartas y sentarnos a tomar chai. El Mus empezaba a estar mas igualado.

El segundo día Santi y Sule marchaban para Nepal así que aprovechamos la mañana para una pequeña aventura de rafting. Allí el Ganges no es para nada la cloaca en la se convierte el río durante sus últimas etapas. En Rishikesh, el gran Ganges es el dios del que hablan las leyendas. Las aguas glaciares de las que se nutre, aportan un color y una frescura a la imagen serpenteante del río a través de las montañas que evocan la naturaleza y pureza mas autentica. Es el recuerdo del Ganges en su paso por Rishikesh el que todavía me deja pensar que en India la naturaleza es sagrada de verdad y no solo de palabrería.

Comienza el Diwali

El día 11 de noviembre comenzaba en toda India el siempre esperadísimo festival del Diwali (quizás el mas famoso después del Holi). En este festival los indios veneran diferentes aspectos y eventos relacionados con la historia del hinduismo ocurridos en estas fechas, pero a efectos prácticos, yo diría que realmente lo único que se celebra es la veneración de la diosa Lakshmi, que representa la riqueza y prosperidad (dinero). Por lo que estos días, los indios celebran que la diosa visitará sus hogares para traerles riquezas.

Las calles de Rishikesh se llenaron de gente tirando petardos y fuegos artificiales durante 5 días sin parar. Allí los petardos eran casi bombas. En alguna ocasión pude sentir la onda expansiva de alguna de esas pequeñas bombas caseras cuando paseaba por la calle. Durante el tiempo que duro el festival, por las mañanas uno se despertaba con las explosiones y tracas como despertador. Por las noches el espectáculo era un show de alto riesgo. El tráfico de gente por la calle principal de Laxman Jhula se colapsaba debido a los petardos/bombas que tiraban en medio de la calle. En más de una ocasión pudimos ver como alguien se tenía que agachar para que no le diese un cohete en la cabeza. Realmente era colorido, ruidoso y divertido sobre todo, incluso a pesar de los sustos.

Una mañana visitamos unas cascadas situadas a menos de una hora andando de Laxman Jhula. Nos acompañaron una curiosa pareja. Hilton un australiano que trabajaba de profesor en Delhi  y tocaba muy bien el ukelele y su novia rusa, Dina. Las cascadas no eran gran cosa y estaban llenas de gente pero era un gusto poder bañarse en esas aguas heladas. Cuando nos marchábamos de allí conocimos por casualidad a un grupo de 3 chicas israelís. Hicimos el camino hasta el puente juntos y luego quedamos todos para cenar algo en uno de los restaurantes/chill outs de la zona.

La cena en el Beit Jabad

El tema de los israelíes en India daría para 2 entradas del blog al menos, pero intentare resumirlo en un par de párrafos. Un día Julio bromeaba diciendo que si alguien quiere atacar Israel (ya que según ellos, y su razón tendrán, están rodeados de enemigos) deberían empezar por la India.

Israel tiene poco más de 8 millones de habitantes, es decir, no mucha gente si comparamos con otros países. ¿Cómo puede ser que el número de Israelíes viajando en la India sea tan desproporcionado? Supongo que tiene más de una razón, entre las que sin duda se encuentra que son unos grandes viajeros… a su modo. Pero la indiscutible razón principal de por qué chicos y chicas israelíes de entre 20 y 23 años viajan largas temporadas por India y el sudeste asiático sobretodo, es el servicio militar.

Los chicos hacen 3 años y las chicas 2 años de servicio obligatorio del que es muy, muy complicado zafarse y en muchos casos algunos jóvenes sufren traumas y consecuencias irreparables, pero ese es otro tema. El caso es que cuando terminan el servicio salen con bastantes ganas de hacer todo lo contrario a o lo que han hecho los últimos años.

He conocido israelíes aquí y allá en todos mis viajes y siempre me parecieron personas muy capaces e inteligentes, además de abiertas y aventureras. Allí en India, por desgracia, la vida de muchos israelíes se basa en ir de aquí a allá en grupos grandes de israelíes, frecuentando lugares donde se concentran aun mas israelíes, escuchar música trance y drogarse todo lo que no han podido durante el servicio militar. Supongo que es una manera de escapar un poco.

En la India tuve el placer de volver a encontrarme con muchos, pero esta vez cuando los conoces en grupo son como una especie de secta cerrada de las que les cuesta salir. Muchos de ellos me tomaban por israelí y me hablaban directamente en hebreo al verme pero cuando se daban cuenta de que no era uno de los suyos el interés decaía. Por supuesto, esto es una generalización, no es el caso de todos, pero muchos tendían a concentrarse alrededor de las comunidades judías en torno al “Beit Jabad” o casa judía, donde además participan en sus celebraciones como si estuvieran en Israel. Estas “casas judías” están distribuidas por todo el mundo y prestan ayuda a viajeros judíos sin excepción. La tradición de la hospitalidad con los viajeros en la comunidad Judía es tan antigua como el Judaísmo mismo y es una práctica que ha protegido y permitido que los judíos se desplacen con más seguridad y comodidad a lo largo y ancho de mundo durante toda su historia. Obviamente los tiempos modernos son diferentes y obligan al Beit Jabad a ofrecer diferente tipo de ayuda adaptándose a la necesidad de los israelíes viajeros de hoy en día.

Explico todo esto porque la noche siguiente, las chicas nos invitaron a Julio y a mí a la celebración del viernes en el Beit Jabad de Rishikesh.

Al llegar, una señora, que luego me entere era la madre del rabino, se dirigió a nosotros en hebreo muy simpática. Por lo visto nos estaba preguntando si queríamos ser de los 10 hombres que tienen que leer la Tora antes de empezar la celebración. Esto nos lo tradujeron luego porque en cuanto contestamos en inglés que ni hablábamos hebreo ni éramos judíos la cara de la señora cambió y no nos volvió a dirigir ni una mirada. Las chicas tuvieron que explicarle que nos habían invitado ellas para que se fuera tranquila.

El lugar estaba lleno de gente joven, gente que por su apariencia jamás hubiera pensado que fueran religiosos. Fue cuestión de suerte, no sé si buena o mala, que entramos los últimos y nos tuviéramos que sentar en la mesa con el rabino y su familia. Nos trajeron los diferentes platos para la cena, que Julio y yo nos servíamos con algo de cuidado ya que no queríamos ser vistos como gorrones o algo así. Yo por mi parte me sentí bastante fuera de lugar pero no se puede negar que, aunque distantes, fueron muy educados y generosos con nosotros. Nos pasaban todos los platos para que probáramos y he de decir que la comida israelí me parece buenísima, es mas, aquella noche todo estaba especialmente bueno.

Entre plato y plato el rabino hablaba… hablaba muchísimo y como de manera inagotable y compulsiva. Por la manera que conectaba las frases parecía que había dicho lo mismo un millón de veces. Sin entender ni una palabra, por que hablaba en hebreo, me daba la impresión de que era un discurso totalmente mecanizado. Mientras hablaba, un movimiento rítmico, como un balanceo, se apoderaba del hombre y parecía que le diera cuerda. Tanto cuando estaba sentado agarrando los posa brazos de su silla con fuerza para dar un eje a su balanceo, como cuando estaba de pie, el rabino se balanceaba sin parar al ritmo de sus propias palabras. Era casi hipnótico. En cierto momento intenté sacar la cámara discretamente cuando una mano me se poso en mi hombro desde la Izquierda. El hombre sentado junto a mi me miraba y negaba con la cabeza. Con la misma discreción que la cámara comenzó a salir de mi bolsillo re-emprendió su camino de vuelta a él.

La cena fue larga, con mucha charla y cánticos de vez en cuando. Entre platos, discursos y cánticos pude charlar un rato con el hombre de mi izquierda. Un abogado de Jerusalén que se encontraba, según él, en un viaje de negocios por la India. Vestía zapatos y pantalón negro, camisa blanca y la Kipá en la coronilla (el gorrito pequeño y circular que se ponen los judíos).

Por lo que mas tarde me dijeron las chicas, este hombre era la representación fiel del modelo de comportamiento ortodoxo en Israel . El tipo era bastante directo y hablaba con mucha prepotencia. Tenía muchas preguntas sobre mí para empezar también sobre España, la Unión Europea, la crisis de los refugiados, etc… Quería saber mi opinión pero mas que nada para poder criticarla desde su propia perspectiva.

Me dio la impresión de que aquel hombre no buscaba aprender o conocer nada nuevo, el ya tenia, a su propio parecer, un saber y opinión totalmente correcto acerca de todos los temas. Todas sus opiniones eran pragmáticas y cerradas de tal manera que rozaba el racismo (digo rozaba porque se notaba que intentaba no evidenciar que sostenía opiniones muy racistas en realidad, pero se veía a la legua por donde iba su forma de pensar). Le contesté un par de veces también de manera muy cortante y hasta pensé en decir abiertamente que soy medio Iraní y mi padre es musulmán para callarle la boca pero visto la situación me contuve. Casi más por Julio que por mí en realidad pero bueno, creo que hubiera sido un error fatal que me hubiera dejado un mal sabor de boca. Por el contrario recuerdo la experiencia como muy buena y rodeado de buena gente.

Cuando Dios se siente cerca… o no

Tanto durante la cena como después cuando volvíamos a nuestra guest house, el Diwali se seguía celebrando y los fuegos artificiales, como cada noche, iluminaban el cielo sobre el Ganges. Rishikesh era una fiesta continua, y a mí, me estaba encantando.

Me ocurrió algo que, una vez mas, queda como una anécdota, pero me parece curioso así que lo voy a contar. Una tarde estaba tomándome un chai con Julio en uno de los chill outs de Laxman Jhula tranquilamente. Un cachorrito corría de arriba a abajo y acabó encima mía jugando y mordiéndome los dedos pero era demasiado pequeñajo para hacer daño alguno. Jugué un rato con él hasta que el dueño, un americano de unos 40 años que vestía como un surfero californiano de 20, vino a recogerlo.

-¿Te gusta el perro?-

– !Claro! Es muy juguetón.-

– Estoy buscando a alguien que se lo pueda quedar y cuidar bien por un mes. Yo tengo que ir a Nepal para arreglar el visado y me quedaré el mes entero. ¿No estarías interesado en quedártelo?-

Pensé que me lo estaba preguntando demasiado rápido. Literalmente me había conocido 5 segundos antes. Contesté sonriendo e incluso con algo de pena porque el perrillo me gustó mucho pero no podía ser.

-No tío… Lo siento, me voy en un par de días y aunque me encantaría llevármelo, la manera que yo viajo no creo que sea buena para un cachorro-

Empezamos a hablar de India, de Rishikesh y de lo maravilloso que era aquel lugar… todo iba bien aquel momento. Pero la conversación dio un giro que no esperaba cuando en cierto momento él dijo:

-¿Aquí puedes sentir a Dios más cerca verdad?-

-Una pena, pero gracias- Cogió al cachorro de mi regazo y se lo puso encima para jugar con el.

Espera ¿qué?. No me esperaba algo así de aquel tipo.

-¿A dios más cerca? No… ¿Dónde? ¿Por qué?-

-En todo. En la naturaleza, en la gente, en todas las cosas que nos rodean aquí.-

-Ah. ¿Cuánto tiempo llevas en India?-

-Esta es mi 5 vez aquí, y he estado viviendo temporadas en Rishikesh y también en Goa.-

-¿Has viajado a más lugares aparte de estos?-

-Claro. He estado por toda la India pero no me gustan muchos lugares, no son como este. También he viajado a Nepal y Sudeste asiático.-

-Ah ook. Pues yo no siento aquí a Dios más cerca.-

-¿No? ¿Por qué? ¿Crees en Dios?-

-¿En cuál?- La pregunta me salió con un poco de sarcasmo.

-En Dios ya sabes. Cristiano, pero bueno el que sea… ¿Eres budista?.-

-No… ni cristiano, ni budista, ni creo en ningún Dios.-

-¿Por qué?-

-No te preguntare a ti porque crees en lo que crees aunque me imagino las razones. Pero si te diré porque no creo yo. Por decisión propia. Porque soy libre y decido que el Dios del que me hablas no existe en mi opinión. Mi padre es musulmán y mi madre católica, ellos me enseñaron sobre religión pero no a ser religioso. Me enseñaron a decidir que quería ser yo. Tuve esa suerte… cosa que quizás tú no.-

Sentía que ya me estaba repitiendo… había contestado demasiadas veces en los últimos meses la misma pregunta con la misma respuesta. Ya he mencionado alguna vez como el tema de la religión se convierte en un tema inevitable durante un viaje de esta magnitud y sobre todo cuando te encuentras en determinados países, pero aquí me estaba pareciendo fuera de lugar ya. A diferencia de otros lugares, no eran gentes locales los que te preguntaban, si no extranjeros que aquí encontraban, a través de la aclamada espiritualidad que hay en India, la excusa para entregarse a cualquiera que sea la fe que le han enseñado previamente pero con los matices místicos que allí se respiran. Quien sabe… A lo mejor Dios sí que esta más cerca en India, pero en mi opinión, no porque estuviese ya ahí si no porque lo lleva cada uno con sigo cuando pisan este pais.

Imagine all the people travel

Uno de nuestros últimos días allí hicimos la visita obligatoria al Ashram de los Beatles. El lugar estaba completamente abandonado hasta hace poco,  pero ahora alguien lo ha comprado y se dedica a reformarlo para sacar tajada de ello cobrando entrada a turistas. A mediados de noviembre de 2015 todavía se podía entrar gratis si te niegas a pagar o si pasas por la puerta haciéndote un poco el loco. Aun mas fácil es la opción de pasar por una entrada trasera que da al río. Esta un poco escondida entre la espesa vegetación pero es fácil de encontrar. Fue una visita por pura curiosidad, y he de decir que mereció la pena.

Exploramos un buen rato el enorme recinto y entramos a muchos de los edificios y habitaciones. Encontramos una nave en la que la gente, quizás fans de los Beatles, había hecho pintadas que evocaban algunas de sus canciones. Tiene su magia el lugar la verdad, y Hilton hizo todo más mágico aún con su ukelele tocando “Back in the U.S.S.R.” quizas en honor a Dina, su novia rusa.

Aquella noche nos despedimos de Hilton, Dina y las chicas con una sesión de ukeele y cerveza en el Little Buddha Cafe. También fue una despedida de Rishikesh y el Diwali con sus bombas y sus fuegos artificiales sobre el Ganges. Al día siguiente, el 15 de noviembre, viajaríamos a New Delhi donde teníamos que arreglar el visado para Myanmar y sobretodo esperar a Jacob, uno de los integrantes originales de Tierra a la Vista, que tal y como prometió, se uniría a la aventura en cuanto pudiese y ya había llegado su hora de subir al barco.

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