El templo dorado de los Sijs

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Entrar en India fue pura felicidad . Crecía en mí una especie de satisfacción por el trabajo bien hecho. Una alegría y a la vez un sentimiento de liberación por un peso que quedaba ya a mi espalda. España queda ya muy lejos, y mi aventura ya se podía decir que continuaba al otro lado del mundo,cada vez un poco más lejos a cada paso que daba. Pakistán se transformaba en un bello recuerdo y dejaba de ser la carga mental que había sido durante todo el viaje por culpa del plazo de entrada en el visado. Sin duda, entrar en India era un objetivo cumplido del que podía estar orgulloso, pero echando la vista atrás el sabor que me quedaba en la boca era infinitamente más dulce gracias a los recuerdos que ahora atesoraba sobre el país que acababa de abandonar.

El teatro en la frontera

Después de la pesadilla de espera y papeleo que supuso cruzar la frontera, andaba por calle asfaltada y con gradas a cada lado desde el lado pakistaní pensando en que aquel lugar, sería donde la famosa ceremonia fronteriza tendría lugar. Más que un paso fronterizo, parecía el escenario de una cabalgata de reyes. En el lado pakistaní las gradas forman casi un círculo completo hasta la puerta con India. A simple vista parece una pequeña plaza de toros. Detrás mía, en lo alto del primer arco que ya he cruzado, la imagen de Muhammad Ali Jinnah mira como me marcho hacia el país vecino. Unos pocos pasos más y por fin había cruzado la puerta que simboliza la división entre los dos países. En el lado indio las gradas están distribuidas a ambos lados de la calle formando un corredor. Delante mio en lo alto del último arco que habría de cruzar para pisar India de manera oficial, la imagen de Gandhi me daba la bienvenida a su país.

Nada más salir me senté en uno de los restaurantes de entre los muchos que hay en ambos lados de la carretera. Dentro de pocas horas todos ellos estarían abarrotados de gente que venía a ver la famosa ceremonia fronteriza entre ambos países. Pedí algo de comer para hacer tiempo mientras esperaba a Julio, el gallego que conocí en Kyrgyzstan, con el que había quedado previamente por facebook. Julio estuvo un mes más entre su amado (también mi amado, aunque no llego a su nivel) Kyrgyzstan y Kazajistan hasta que tomó el avión que le traería a  New Delhi. Sabiendo ambas partes que el otro iba para allá, no dudamos, en ofrecer a la otra parte la oportunidad de viajar juntos por la India mientras coincidiéramos en la ruta.

Cuando vi aparecer a Julio me alegré mucho de verlo. Ya había llegado mucha gente al lugar y aquello estaba abarrotado de turistas. La mayoría eran indios, pero también algunos occidentales y asiáticos (chinos, japoneses, etc) . Guardamos mi mochila en unas taquillas y cruzamos entre el rebaño de visitantes hasta llegar a las mismas gradas que pocas horas antes admiraba desde el asfalto que ahora había sido convertido en el escenario de aquel teatrillo. Algunas personas llevaban la bandera india o sus colores pintados en la mejilla, la frente o por toda la cara, incluso algunos occidentales también (por alguna razón que no logro entender). Coreaban y gritaban al son de la música y las trompetas.

-Hin-dus-than!- Todos a coro

Al otro lado de las puertas, en el lado Pakistaní, la respuesta a los gritos indios se podía oír en la lejanía. De la misma manera los pakistaníes coreaban también su propio himno.

-Pa-kis-tan!-

Lo que sucedió a continuación fue un patético teatrillo que no creo que tenga ningún sentido a día de hoy si no más que el de atraer a turistas en ambos lados y cobrarles por los diferentes servicios que allí se venden. Vestidos prácticamente igual pero de diferente color, los integrantes de ambos bandos hacían exactamente lo mismo y se quedaban frente con frente con la mirada puesta fijamente en su homónimo. Enfrentados a una distancia que seguro podían olerse e aliento el uno al otro parecía que e querían matar pero… hacen eso cada día así que no creo ni que reparen en la otra persona a estas alturas.

Todo allí es solo parte de un teatro. Uno a uno, los guardias con sus sombreros como crestas rojas y sus uniformes color caqui levantaban la pierna hasta la frente con una flexibilidad digna de admiración, y marchaban con velocidad a sus puestos. Al final del acto, cada país izaba su bandera enfrente del otro al mismo tiempo, la recogían unos minutos más tarde, la doblaban con cuidado y se acabó el show. Todo esto sucedió en cuestión de 30 o 40 minutos entre gritos y vitoreos continuos por parte de los fans de ambos países. La ceremonia finalizó (tal y como lo hace cada día) y nos echaron de allí en un abrir y cerrar de ojos.

Julio había llegado hasta la frontera en un taxi compartido. De la misma manera, apretados como sacos de carne metidos en una furgoneta de carga, compartimos un taxi que nos llevaría hasta Amritsar.

El Templo Dorado

Amritsar es la ciudad de los Sijs, capital del Punjab indio y sobre todo, la ciudad del Templo Dorado. Julio ya llevaba un par de días allí, así que conocía bien los entresijos de las calles aledañas al Templo, donde Sijs y turistas se mezclan con la misma intención; visitar el famoso en todo el mundo, Templo Dorado.

Primero fuimos directos a dejar mi mochila en el edificio anexo al templo, donde los viajeros pueden dormir gratis (eso si no cuentas la donación, que por supuesto casi todo el mundo hace al irse de allí). Un Sij de tamaño considerable y protuberante barba con un bigotillo rizado como el de los malos de las películas tomo mis datos y me hizo el registro al llegar. Me pidió que eligiera una cama de entre las que había libres y me dio la bienvenida.

Con el equipaje a buen recaudo mi recién re-adquirido compañero de viaje me llevó al templo. Anduvimos por el cuadrado exterior que rodea el foso y la estructura dorada situada en el centro apreciando el esplendor dorado que desprende en la oscuridad de la noche. Charlábamos de nuestras cosas. ¿Qué has hecho? ¿Qué te ha gustado de donde has estado? ¿Qué vamos a hacer? ¿Dónde vamos en India? ¿Dónde vas después de la India? Nos contábamos el viaje el uno al otro y tomábamos decisiones sobre la marcha.

Yo no paraba de hablar sobre lo que había vivido en Pakistán… y China y el sur de Kyrgyzstan… bueno, no paraba de hablar en general. La verdad que entre Julio y yo algo así se convirtió en la tónica general. Yo hablo mucho y Julio es un tío con mucha paciencia y bueno escuchando. A veces me recordaba a Bob el silencioso de las películas de Jay y Bob. El cabrón no habla mucho, pero si decía algo era porque ese algo era realmente relevante y siempre con sentido jajaja. Bromas aparte y sin tener que ponerme emotivo, este gallego en los próximos meses se convertiría no solo en un fantástico compañero de viaje si no ademas en un buen amigo. Aquel día fue fácil concluir que viajaríamos un tiempo juntos. Los dos queríamos llegar hasta el sur de a India y después, en algún momento pasar a Myanmar por tierra. El plan en la India comenzaba a forjarse.

Andábamos rodeados de una masa de Sijs que marchaban acompasados también alrededor del templo. Familias enteras, hombres de la mano, ancianos, mujeres, niños, etc todos con la cabeza cubierta por un turbante o pañuelo (Julio y yo incluidos) paseábamos tranquilamente.

De vez en cuando (con bastante frecuencia de hecho) un grupo de indios nos detenían y nos pedían sacarse una foto con nosotros. Unas pocas vueltas fueron suficiente para sentir cansancio en mis piernas después de largo día así que decidimos salir. Antes de marchar, fuimos a la entrada del lado de las cocinas. Allí uno puede tomar el té tranquilamente, sentado entre muchos indios, hablando con en de alado o simplemente mirando a su alrededor. El templo funciona como una maquinaria perfecta de cooperación voluntaria. Un voluntariado motivado por una fe obsesiva, pero al fin y al cabo voluntariado. Cualquiera puede ponerse a cocinar, a limpiar, a lavar platos, a servir té o a cargo de cualquier labor que exista. Para lavar los platos sólo había que acercarse a la gran pila de platos, hacerse un hueco entre los que hubiese y empezar a fregar. El ruido del entrechocar de las bandejas de metal donde se sirven las comidas inunda el recinto de las cocinas como si de una orquesta se tratara. Nada más entrar el ruido se hace muy presente pero al rato uno se acostumbra a la melodía de hojalata que se crea de fondo. Terminamos el chai y volvimos a las habitaciones del templo.

Cena, chai y cama gratis. El templo de los dorado ofrece todo esto a cualquier viajero que lo necesite. Tienen multitud de historias que se podría decir que son mitología o algo así, y una de ellas explica el por qué de que el templo acoja visitantes. Haciendo un resumen rápido: según la leyenda un hombre rico, un príncipe que vivía en su palacio del que estaba enamorado por su majestuosidad no salía nunca de su interior. Un día un vagabundo, un viajero, fue a su puerta a apelar a su hospitalidad. El caminante le dijo que era rico en historias, y el príncipe le dejó pasar a cambio de sus historias. El príncipe pudo ver al mundo a través de los cuentos y anécdotas del viajero y se sintió afortunado de conocer las maravillas del mundo un poco mejor. Desde entonces en el templo se recibe a todo viajero que ande trotando por el mundo. A día de hoy el templo se mantiene con las donaciones voluntarias de los fieles en su mayor parte y también una pequeña parte de los viajeros que pasan por allí.

A la mañana siguiente despertamos y fuimos de nuevo al templo. No sé por qué, pero aquel lugar tiene un algo admirable y que no me cansaba de ver. ¿Quizás era la gente que paseaba alrededor del templo?, ¿quizás eran los voluntarios, el chai o la comida gratis?, ¿o quizás la magnificencia dorada del edificio con todos esos adornos?. Quizás era por la mezcla de todo lo que veía y todo lo que oía sobre el Sijismo que me hacía admirar de alguna manera a esta gente y a este lugar.

Los Sijs y el Sijismo

Íbamos paseando de nuevo entre los muchos peregrinos, pero esta vez era de día. Había más acción y mas luz en aquellos pasillos. A un lado, bajo las columnas del muro exterior del templo, grupos de personas sentadas miraban a los paseantes desfilar. Al otro lado, en la verdosa y corrupta agua del foso interior que rodea la estructura dorada. Algunos hombres vestidos solo con los calzones tradicionales (el Kachera) y su turbante (el Kesh) hacían las abluciones del día sumergiéndose una y otra vez en una serie de movimientos rápidos hasta que estaban impregnados de la espiritualidad y la mugre de aquellas aguas estancadas. Al terminar, salían del agua empapados pero no sin antes beber un par de tragos del verdoso y corrupto liquido, que como bien dice Paul Theroux en “El gran bazar del ferrocarril” -bebiendo así, santidad y disentería por igual-. Las mujeres por su parte, tenían unos cuartos cubiertos que entraban en el agua donde se podían bañar sin estar a la vista de los viandantes.

Aprendimos rápido que estas gentes y sus creencias eran muy particulares. Todavía no lo sabía pero más adelante, cuando había visitado otros estados indios, les vería como una raza aparte y diferente del resto de los indios. Físicamente son más grandes y fornidos, de aspecto mas elegante y serio a la vez. Estos indios son una raza de guerreros desde tiempos muy antiguos. De carácter orgulloso y señorial y de creencias muy arraigadas.

El Sijismo dicta que no hay que comer carne, así que en Amritsar todo es vegetariano hasta el punto de encontrar el único Macdonals puramente vegetariano en el mundo. Aunque yo no sé hasta que punto, se dice que la religión de los Sijs es una mezcla de Hinduismo e Islam. El primer gurú y fundador de esta religión fue Gurú Nanak Dev quien después de una misteriosa desaparición, reapareció repitiendo la frase “no hay Islam, no hay Hinduismo” y pregonando sobre la nueva religión que englobaría y sustituiría ambas. Una serie de leyendas rodean la figura de Guru Nanak Dev, pero lo más curioso para mi es que ya en tiempos oscuros y medievales del siglo XV y XVI en la India, él proclamaba una doctrina basada en las buenas obras y el bien a los demás, así como en la igualdad entre todos los seres humanos, incluida la igualdad entre mujeres y hombres. Realmente en Amritsar había una diferencia significativa y obvia de la cantidad de mujeres que se veía por la calle comparado con Lahore en Pakistán, pero es que además, también la había con el resto de la India en general.

Esa última tarde y noche exploramos la ciudad y volvimos al templo una vez más a rendir nuestros respetos antes de marchar, y de paso tomarnos un rico chai gratis. Fuimos a dormir bastante cansados de estar andando todo el día.

La mañana del tercer día en Amritsar nos despedimos de la ciudad montados en un bus local que nos llevaría en unas 10 horas hasta Daramshala a los pies de los Himalayas. Ya tenia ganas de ver playas y selvas de una vez pero un poco mas de montañas no me iban a matar, y menos si eran los grandiosos Himalayas.

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