Un huesped en la autovia del Karakorum

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El viaje a Gilgit, la capital del área norte Gilgit/Baltistan, fue corto. En poco mas de un par de horas el bus ya había llegado a la ciudad/pueblo y se paseaba entre el escaso trafico. Pedí al conductor que me avisase cuando estuviéramos lo más cerca posible del bazar. Al bajar del vehículo, cuando tuve los dos pies sobre el asfalto y me preocupaba de ajustarme bien la mochila a la espalda, noté como se me clavaban 1000 ojos en la nuca. Hasta la fecha nunca me había sentido tan observado como me sentí aquel día en Gilgit.

Gilgit

De inmediato me sobresaltó la cantidad de armas de fuego que había por doquier. Grupos de militares o policías e incluso gente en chándal (que supongo, también serian policía) con escopetas, metralletas y pistolas a la vista de todos. La primera vez que uno ve armas de fuego del tipo rifles de asalto o escopetas de cañón largo de manera tan expuesta en la calle es un shock, o al menos lo fue para mi.

Empecé a caminar pensando en que toda aquella atmósfera no me daba buena espina, así que me apresuré a buscar el hostal. Todo el que tenía ojos en aquella calle se quedó mirándome mientras pasaba con mi monstruosa mochila de 24 kilos cargada de ropa de invierno y algún que otro regalo. Unos días antes, Jesse me había hablado de una pequeña guest house cercana a la entrada del bazar. Dirigí mis pasos en busca de aquel lugar bajo la atenta mirada de cada paisano que se cruzaba mi camino. Tuve que preguntar un par de veces pero logre encontrarlo con relativa facilidad. La habitación era decente y el precio era aún mejor (250 rupias pakistaníes) así que no me lo pensé y me quedé alli.

Después de descansar un rato salí a buscar la estación de buses con intención de comprar un billete a Islamabad para el día siguiente. No me sentía especialmente tentado a quedarme en aquella ciudad mucho tiempo. Cogí el rickshaw de línea que me indicó el dueño del hostal y les pedí que me avisaran al llegar a la estación. Una vez allí me informaron de que todos los autobuses salían a la vez, y yo al ser extranjero, por seguridad tenía que montarme en cierto autobús que era más caro. No me decidí a irme al día siguiente temprano ya que enfrentarme a un viaje de 20 horas e infinitas curvas seria una prueba demasiado dura para mi estómago que todavía no estaba recuperado del todo. Decidí emprender camin dos días después en el convoy de buses de las 7 de la mañana.

Volví al bazar también en rickshaw, o eso intenté, porque cuando me di cuenta estaba en una parte diferente del pueblo a la que pretendía llegar. Aquel rickshaw no hacía la misma ruta. Pero claro, ¿cómo lo iba a saber? Si los pakistaníes muy amablemente cuando no me entienden me dicen a todo que sí. Baje del pequeño vehículo cargado de gente y decidí ir andando hasta el bazar. Pensé que me serviría para echar un vistazo mas cercano a la ciudad. Una vez mas, durante todo el trayecto hasta el bazar la gente clavaba sus miradas y no las sacaban hasta que estaba fuera de su vista. Se decían cosas unos a otros señalándome y alguno me saludaba con bastante esmero.

Mientras andaba pensaba en lo diferente era aquel lugar de Karimabad y Hunza. Ante la presión, al final escondí las rastas debajo de la braga y el abrigo a ver si así llamaba menos la atención y creo que dió algo de resultado. En muchas de las ocasiones lo que la gente miraba eran las largas rastas que me colgaban ya medio metro desde la nuca hasta mas de mitad de la espalda.

A los que preguntaba por el bazar, se quedaban perplejos antes de contestarme y al final alzaban la mano y señalaban la dirección correcta con un gesto rápido. En cierto momento pasé por un parque en el que unos chicos jugaban al cricket vigilados por altísimas montañas al fondo. La estampa me pareció magnifica y no me pude resistir a sacar la cámara y ponerme a hacer fotos y vídeos. Mientras hacia un vídeo me di cuenta de que unos hombres se paraban detrás de mí. Había liberado las rastas del abrigo para colgar del cuello la cámara. Mientras grababa, oía como detrás mio el grupo de hombres se hacia mas grande. Me giré y vi a 5 paisanos de mediana edad con sus espesos bigotes y sus largas barbas mirándome con cara de estúpidos. Alguno solo miraba con expresión sombría, otros al menos sonreían.

-Hello! Are you ok? My name is David- Dije a la vez que les ofrecía mi mano. Todos se afanaron en estrecharme la mano, aunque más que estrecharla te la dan como muerta y la agitan al compás que tú les marques. Sonreían y miraban atónitos. me miraban a los ojos, a las rastas, la cámara… Y nada más… tan solo me miraban durante unos largos segundos. Al fin uno de ellos preguntó:

-Muslim?
-No- Dije

Asintiendo señaló las rastas sonriente y seguidamente levantó la mano con el dedo pulgar alzado para gesticular un OK. Supongo que le gustaron… aunque en realidad nunca sabré bien qué paso exactamente en aquel momento. Ante la incapacidad de comunicación y lo incómodo de la situación, les extendí mi mano una vez mas y se la estreche de nuevo a cada uno de ellos al tiempo que con reverencias, daba las gracias y me despedía. Me abrí paso entre el grupo de hombres y continué mi camino sin mirar atrás. Al rato encontré el bazar y fui al refugio del hostal.

No había Internet así que dediqué unas horas a escribir para el blog antes de salir a cenar. En la entrada del hostal, encontré a una pareja de japoneses que ya había visto en Hunza la semana anterior, solo nos conocíamos de hola y adiós pero eso fue suficiente para alegrarme de ver a alguien conocido.

De compras con Shunsuke y Yuka

Me senté con ellos a tomar un chai y charlar un poco. También iban a cenar así que la conversación se extendió toda la cena. Shunsuke y  Yuka llevaban viajando 4 años seguidos cuando les conocí, y no tenían ninguna intención de intención de parar. Me parecieron unos viajeros muy concienzudos, siempre viajan en la mejor época para visitar el país en cuestión. Siempre salen del circuito turístico y visitan lugares realmente perdidos. Ademas, por ejemplo en el caso de ella, siempre se afana en aprender costura tradicional de allí donde van. Su madre es sastre tradicional japonesa y ella, con el tiempo, se ha convertido en una experta en la materia también. Aparte, los dos son algo así como ingenieros de tecnología de salud (algo así) y durante su viaje visitan hospitales o centros de salud locales y les ofrecen sus servicios (aunque no llegué a entender bien exactamente de qué manera). Fantásticos viajeros y unas personas encantadoras.

Al día siguiente pasé toda la mañana con ellos. Fuimos al bazar y anduvimos de tienda en tienda y de sastrería en sastrería. Yuka buscaba algo muy específico y especial. Necesitaba que alguien le transformara un viejo y estropeado vestido que había comprado a una mujer en un mercado de un pueblo perdido en las montañas, en uno nuevo. Usando los viejos estampados echos a mano del vestido, pretendía hacerse un traje tradicional chitrali nuevo y a medida (Chitral es una región a unos 400 km de Gilgit cruzando las montañas, cerca de la frontera con Afganistán).

Aproveché su ojo experto y su ayuda para comprar algún regalo que más tarde mandaría por correo a la familia. Me hice con un par de shawls de Kashemir de algodón hechos a mano a un precio ridículo y también mandé confeccionar un pantalón tradicional de mujer en la misma sastrería que ella. Me dejé llevar la verdad. Si ella decía compra yo compraba y si decía esto no… pues no compraba. Ella examinaba la calidad de las telas y negociaba los precios que le parecían excesivos según el producto. Siempre en busca de lo mas autentico y local. Lo dicho, una verdadera experta.

Por la noche nos reunimos otra vez y nos despedimos con una buena cena. Mis visitas al baño ya eran menos frecuentes y me sentía con fuerza para hacer aquel viaje de locos que me esperaba al día siguiente.

Saliendo del Área Norte

A las 7 de la mañana del 21 de octubre me encontraba en una abarrotada estación de bus en Gilgit, preparado para cruzar el que se supone, era el tramo más peligroso de toda mi ruta. Conseguí un buen precio en un autobús que no era el que se supone que tenía que coger, tal y como me habían informado dos días antes, pero el conductor me aseguró que no pasaba nada. De hecho hicimos buenas migas el rato que estuve esperando a que el bus se llenara. Me pidió el móvil y me hizo esa foto.

En aquel momento me presentó el que sería mi ángel de la guarda durante el camino… la seguridad del bus estaba en manos de un hombre gordo que vestia un jersey que decía “northern area security” y sujetaba un escopetón en la mano. Él se encargaría de protegerme de los malos. No es que diera mucha confianza pero bueno…era mejor que nada. ¿No?

Media hora después, preparados y con todo dispuesto para el viaje, el convoy de autobuses salió en bloque hacia Islamabad. ¿Que por qué salen todos a la vez? No tiene sentido ¿no? Yo pensé lo mismo, pero cuando te lo explican tiene todo el sentido del mundo.

Resulta que tanto por la amenaza de ciertos focos pro-talibanes que hay en la zona como por las reyertas entre grupos Sunnies y Chiíes, la carretera tiene tramos sensibles en los que es peligroso cruzar. Durante los últimos años ha habido casos sobretodo de asaltos para robar a los pasajeros pero también algún desafortunado secuestro y algún que otro tiroteo. Por esta razón los autobuses forman convoyes, y si pasara algo, absolutamente todos llevan al menos un hombre armado para repeler el ataque.

Aunque más bien, atendiendo al comportamiento del hombre de la escopeta de mi autobús, que se sentaba delante de mí, yo diría que la presencia de hombres armados es más bien una medida disuasoria que a día de hoy es algo normalizado y ya carente de intención para la protección en si mismo. Solo lo hacen por que es lo que hacen siempre, no parece que se esperen un ataque en ningún caso. Esto lo digo porque «el hombre de la escopeta» (me cuesta llamarlo responsable de seguridad o nada parecido) iba durmiendo prácticamente todo el rato e incluso a veces me daba la escopeta a mí o al de delante para que se la sujetásemos mientras él hacía algo. Este «Rambo pakistaní» no parecía muy aguerrido que se diga. En cualquier caso, esto no quiere decir que no sea gracias a esta seguridad el que los convoyes no sufran ataques… de hecho seguro que es gracias a este despliegue de seguridad que no pasan mas tragedias. Ademas, aquel «Rambo», era definitivamente mejor que nada.

El bus todavía cruzaba apenas los primeros kilómetros por aquellas maravillosas montañas cuando nos topamos con la primera barrera de control. El conductor y el soldado hablan en Urdu, y en menos de 10 segundos pisa el acelerador y nos marchamos. Algunos de los pasajeros miran hacia atrás, directamente hacia mí. Algo pasa… en ese control tenía que haber pasado algo relacionado conmigo y no ha pasado. Pregunto en alto:

-What happen? Everything ok?
-Did you do the foreign check out of the northern area?- uno de los pasajeros me responde con cara de preocupación.
-No!- contesto

El hombre sale disparado hacia el conductor y le habla en algo en Urdu. Yo miro intentando averiguar si la hemos liado. Ok, si… parece que si la he liado.

El pasajero vuelve a su sitio y me dice:

-Driver say is ok… more controls later- Todavía con cara de preocupación aquel buen hombre intentó tranquilizarme.

A los pocos kilómetros llega otro control. Yo espero a que esta vez venga a pedirme el pasaporte o algo. Pero el conductor habla con el guardia y de nuevo nos dejan pasar. Esta vez, todo el bus se gira hacia mí y me mira como esperando alguna reacción por mi parte. Nervioso, le grito al conductor.

-What the fuck is going on here?

El conductor habló en Urdu y el mismo pasajero de antes me lo tradujo como mejor podía.

-Do not worry, everything is ok. Just sit and wait.

Obviamente no me dejó nada tranquilo la respuesta pero no seguí la discusión. Me propuse bajarme yo mismo en el siguiente control e ir a hablar con los militares.

La seguridad del que pasa inadvertido

El siguiente control llegó y no me hizo falta bajar. Un militar subió al bus y nos escudriñó por encima a todos los pasajeros. Ya estaba preparado para darle mi pasaporte y hablar con él cuando me di cuenta de que pasó los ojos por encima de mí y no me vio.

¡No me vio!

Con una barba de mas de 3 meses, la braga tapándome rastas y pendientes y con mis facciones hispano-iraníes allí sentado entre más pakistaníes, el militar directamente no me reconoció como extranjero. Me quedé callado, guardé el pasaporte y me recosté pensativo en mi asiento

-Me miran pero no me ven… lo que ven es a otro paquistaní.- Supongo que si se pararan a fijarse sí que entenderían que soy extranjero pero eso de hacer su trabajo a conciencia no es la característica principal de estos funcionarios. Echan un ojo rápido y dan el trabajo por terminado.

Seguimos pasando por controles y el curioso evento se repitió una y otra vez.

Antes de llegar a Chilas (lugar donde, me habían advertido, era uno de los puntos más conflictivos) el grupo de autobuses se detiene ante las barreras de los militares y el convoy se reunifica en un bloque muy compacto. Para pasar por esa zona  bien pegaditos… por si las moscas.

Cuando pasábamos por el pueblo y veía como los campesinos, niños y ancianos se quedaban mirando el lento paso de la hojalata en la que nos movíamos. Pensaba sobre lo raro que me parecía que un lugar, a simple vista tan estático, fuese en realidad un polvorín de tal calibre. No sentía ningún temor ni mucho menos, pero en cualquier caso, prefería dejar el pueblo atrás cuanto antes.

¡Pues no!

El bus se detiene en medio de la seca y polvorienta calle principal del pueblo y nos insta a bajar a todos para comer. Me quedé a cuadros y no puede hacer nada más que partirme de la risa yo solo. Me asegure de que las rastas estaban bien escondidas debajo de la braga y el abrigo y seguí a mis compañeros de viaje entre el bullicio de la gente. Unas cuantas decenas de personas que llegaba también a comer al mismo lugar se sentaban en mesas rectangulares de unos 3 metros de largo. Yo seguí a mi grupo y me senté como si fuera uno más. Miré alrededor y nadie se fijaba en mí, todos estaban a lo suyo, comiendo platos de dahl y arroz en sus mesas con sus familias y compañeros de viaje.

En algún momento algún curioso se me quedo mirando largo rato, supongo que se darían cuenta de que era extranjero, pero pronto la curiosidad se disipaba y continuaba con sus quehaceres. No hablé, no pedí nada pero los de mi mesa habían pedido para mí un plato de arroz y dahl acompañado de unos curris de pollo, yak o vegetales en el centro de la mesa para compartir entre todos. Todo muy rico. La comida se resolvió sin una complicación, (como si tuviera que haberlas), mis compañeros me miraban y me preguntaban si me gustaba mientras sonreían y hacían el gesto de OK con la mano. A la hora de pagar, saqué dinero y me dijeron que me lo guardase… ya estaba todo pagado. No sé ni quién de todos ellos lo pagó, pero el caso es que no me di ni cuenta y ya me habían invitado. Esta situación se repetiría durante todo el viaje. Ni aún con todos mis esfuerzos por pagar mi comida al menos o invitar a los que viajaban conmigo, durante toda la travesía no pagué ni un chai.

Reflexiones del camino

Reanudamos la marcha y yo, una vez más recostado en mi asiento, no podía parar de pensar en lo maravillosas que eran aquellas personas. Yo era un invitado en su país, me decían. Las leyes de la hospitalidad dictan que ellos deben cuidar de que esté bien y que tenga lo que necesite. Y ni les conozco. Solo ha coincidido que estamos sentados en el mismo bus. Si estas personas, los ciudadanos de a pie, son así… entonces ¿por qué en occidente pensamos que nos van a matar si ponemos un pie en su país? ¿Por qué pensamos que su cultura es belicosa y asesina? ¿Porque pensamos qué están locos y que no tienen código ético y moral alguno?

Hay quien quiere que pensemos que en esta parte del mundo son todos unos animales. Una vez más, viajando uno encuentra respuestas a preguntas que la mayoría de las veces ni se cuestiona… Y es entonces, cuando cuestionas todo. Para empezar te das cuenta de que lo importante ni siquiera son las respuestas… si no las preguntas. Y entonces es como un debacle interminable que lleva a que uno se plantee una pregunta importante: De todo lo que me han enseñado… de todo lo que se… ¿qué es verdad? ¿Hay una verdad? A día de hoy pienso que pocas cosas son verdad… normalmente son opiniones, puntos de vista. Así que me digo a mi mismo, al menos… fórmate la tuya propia. No tengas la opinión de otro. Y viajar, amigos míos, es una de las mejores maneras de hacerlo. Quizás, la más auténtica de hacerlo.

El destartalado vehículo serpenteaba por la carretera al borde de desfiladeros intentado adelantar y siendo adelantado por otros destartalados buses, todoterrenos y motos. Los controles continuaban con el mismo resultado. Nadie me veía. Las curvas y los baches no eran capaces de hacer que disfrutara menos de los paisajes que estaba contemplando.

Después de la parada en Chilas ya no me sentía preocupado. Si, está bien… no era bueno que los militares no tuvieran registro de donde estaba por si me pasaba algo. Pero pensé que aun mejor… si no lo saben ni los militares, no lo sabe nadie así que pasaría inadvertido por todo el camino. Más tarde me enteraría de que el procedimiento habitual para un extranjero que viaja por el Karakorum, es hacer una 30 fotocopias de su pasaporte y entregarlas en cada control para hacer la gestión más rápida. Además de que los militares comprobarán tu pasaporte y visado en cada control. Pasando desapercibido me ahorré a mí mismo y a mis compañeros de viaje una serie de incómodas y largas paradas en cada control, así que llegué a la conclusión de que mejor que hubiese pasado así.

Causalidad; que no es lo mismo que casualidad

Estaba mirando por la ventanilla, atónito al ver aquellas cumbres blancas justo encima de mi cuando uno de los pasajeros se gira hacia mí y me dice:

-Can you see that peak on the left?… is the Nanga Parbat.
-Really?

Apenas pude distinguir un pequeño pico blanco que sobresalía por encima de otras montañas. Acaba de contemplar el primer ochomil que vería en mi vida. El Nanga Parbat, con sus 8126 metros de altitud, es la novena montaña más alta del mundo.

Curiosamente, esta montaña sin quererlo ni saberlo, fue cómplice e instigadora del porqué que yo aquel día estuviera montado en un bus y mirándola de lejos en medio de mi vuelta al mudo en solitario.

Alrededor del 20 de enero de 2014 Javier Colorado un cicloviajero español que escribe un blog (www.coloradoontheroad.com), está cruzando el desierto por carretera al sur de Pakistán en dirección a la ciudad de Quetta cuando por casualidad presencia un horrible atentado en el que una bomba explota en un autobus y acaba con la vida de más de 40 civiles.

A esas alturas «Tierra a la vista» no era más que un embrión. En el proyecto éramos un grupo de cinco personas y planeábamos hacer el viaje en la furgoneta de uno de los integrantes del equipo original. Estábamos llenos de ilusión e inexperiencia e íbamos superando problemas despacio y como bien podíamos. La mañana del 22 o 23 de enero de 2014, cuatro de los integrantes de aquel grupo estábamos en Madrid (el quinto, Jacob, vivía en Barcelona) y cogíamos el metro en Moncloa para ir al centro de vacunación internacional en la calle Francisco Silvela Nº 57. Aquel día, la noticia sobre Javier Colorado, un chico español que está viajando en bici por el mundo y es protagonista de un atentado, recorre las televisiones y las páginas de la prensa en todo el país.

Por supuesto, medios digitales y las redes sociales no tardan en dar mil explicaciones con información que poco se acerca a lo que en realidad le pasó a Javier y que más tarde explicaría con claridad el mismo en su blog. De hecho algunos medios dijeron auténticas burradas y gilipolleces. Nosotros ya habíamos hablado de la ruta, como es obvio. El tema de Pakistán había causado rifirrafes entre algunos de nosotros. Por un lado yo sostenía que había que pasar por allí sin remedio si queríamos llegar a India. Según como yo lo veia, las cosas que dicen los medios son exageraciones y que no había que tener miedo. Por otro lado el dueño de la furgoneta, no estaba de acuerdo conmigo y tenía muchos reparos en pasar por allí.

Para colmo la noticia había hecho que algunos medios rememorasen otras tragedias ocurridas en aquel lejano y peligroso país. Jacob, desde Barcelona, me mandó el enlace de una noticia en la revista Desnivel por el grupo de WhatsApp que teníamos para hablar cosas del viaje. Él también había visto la noticia y había empezado a buscar información sobre la situación en Pakistán. Esta fue la primera noticia que encontró (http://desnivel.com/expediciones/11-alpinistas-asesinados-en-el-campo-base-del-nanga-parbat). El titular decía “11 alpinistas asesinados en el campo base del Nanga Parbat”)

Aquel día la noticia sobre el incidente de Javier Colorado abrió la brecha de nuevo y la conversación dio lugar a una discusión. Yo seguía inamovible en mi parecer.

-Que le haya pasado a este tío no significa que le pase a todo el mundo y lo de las montañas pues ha sido más al norte, por ahí no pasaremos-

Obviamente, mis tristes argumentos no convencieron y la conversación continuo mientras subíamos el tono. No nos poníamos de acuerdo pero parecía que la mayoría del grupo, en cualquier caso, sí que se quería arriesgar a pasar por Pakistán, ya que parecía que era la única ruta posible para llegar a India así que por democracia lo haríamos. O eso creíamos. Pero… era su furgoneta y el dueño puso veto al asunto y anunció que su furgoneta no entraría en Pakistán por nada del mundo y que en su viaje no había cabida para riesgos innecesarios. Como era su furgoneta, se haría así y no había más que hablar. A quien no le gustase se tenía que aguantar.

Algo de mí personalidad que tengo mejorar son las formas… no tengo nunca malas intenciones pero a veces, soy demasiado directo y brusco. Mi contestación no fue la mejor del mundo y estoy seguro de que, aunque hubiera pasado así de todas maneras, fue este episodio el que propició que pasáramos a ser un grupo de 4 en vez de los 5 originales.

-Pues si es así la cosa. Yo! Me meo en tu furgo-

Y con la desafortunada (por llamarla de alguna manera) contestación por mi parte la conversación se tornó más fea y aunque poco después nos pedimos perdón con un abrazo, la cosa ya no volvería a ser lo mismo.

Yo en realidad también tenía miedo, y más que en el incidente de Javier colorado, que pareció más un desafortunado encuentro con la mala suerte, pensaba en el Nanga Parbat. ¿por qué la habrán tomado con unos alpinistas? ¿Para qué matar a esa gente? Yo, que por aquel entonces ya tenía sueños de subir montañas en algún momento, me quedé sobrecogido con la noticia. Pero me negaba a creer que los llamados «terroristas» iban a impedirnos cruzar cualquier país y cumplir cualquier sueño. Más miedo me daban (y me dan) los gobiernos de algunos países por donde había que pasar.

El Nanga Parbat, no pertenece a la cordillera del Karakorum así que también estaba viendo los Himalayas por primera vez en mi vida. Las vistas y los recuerdos me extasiaban.Me hacían recordar con cariño todo camino recorrido asta ese día. Desde aquella primera cerveza mientras soñábamos con lo que seria el viaje de nuestras vidas, pasando por todos los problemas y terminando con las anécdotas y situaciones vividas durante los 6 meses de camino recorrido. Los recuerdos pasaban por mi cabeza y sonreía de oreja a oreja, me alegraba de estar allí de la manera en la que lo estaba.

Unos pocos kilómetros más adelante un cartel anunciaba en letras bien grandes que aquel punto era donde se unían las tres cordilleras más altas del mundo. En orden, Los Himalayas, El Karakorum y El Indu Kush convergían en aquel punto. Me pareció que era un privilegiado al pasar por allí, pero, si pudiera parar… qué pena no ir conduciendo mi coche… El lentísimo bus es demasiado rápido para poder disfrutar este lugar como se merece.

Paramos en un control más. Esta vez el convoy tardó mucho más en reagruparse y esperamos largo rato. En cada parada, todos los pakistaníes van a la pared de la montaña y orinan casi a la vez. Una imagen muy curiosa de la que me arrepentiré toda la vida no tener una fotografía, pero es que era un poco violento hacerla. Se ponen todos de cuclillas y se desatan el pantalón del Salwar (traje tradicional pakistaní) por debajo de la camisa, que les llega por el muslo, y mean más como hacia abajo que hacia el frente. Podrían hacerlo delante tuyo y ni notarias que se han sacado el pene del pantalón para orinar.

Ya era oscuro cuando, una vez reagrupado el convoy, varios hombres más con armas se subieron a los buses y reanudamos la marcha. En el mío en particular, estaba el hombre de la escopeta y se habían unido dos jóvenes con un revolver cada uno y una AK-47 que supongo que era para compartir. Pasamos por la siguiente zona más conflictiva junto a Chilas, Besham donde pararíamos a cenar. Esta vez hice lo mismo que en Chilas pero sin ni un ápice de miedo, incluso me aventuré yo solo a una tienda de comestibles para comprar algunos dátiles y frutos secos para comer durante la noche, que iba a ser larga entre curvas y baches. No pasó nada… y nada tenía porque pasar. Montamos en el bus de nuevo y Besham quedó atrás en un santiamén.

Un poco más al sur, ya relativamente cerca de Islamabad, pasamos por Abbotabad. ¿No os suena el nombre de esta ciudad? seguro que a todos os suena familiar aunque solo sea de oídas. Allí fue donde la famosa misión de los SEALS americanos encontraron a Osama bin Laden y lo mataron para mas tarde (nunca entenderé porque) tirar su cuerpo al mar…  Resulta que en Abbotabad pasamos por delante de un centro de entrenamiento militar enorme y la ciudad me pareció más desarrollada y organizada que cualquiera de las que había visitado los días anteriores en Pakistán, incluyendo Gilgit. Lo que quiero decir es que no era un pueblo perdido en las montañas como había creído hasta ese día. ¿De verdad no se sabía que Osama bin Laden estaba allí? Justo enfrente de la que, más tarde sabría, es una de las bases militares más grandes del país. No sé… sólo digo que es raro.

LIego a Islamabad

El autobús llegó a la estación de Rawalpindi (la ciudad que está literalmente pegada a Islamabad) sobre las 5:00 de la mañana. El conductor me dejó su teléfono para que llame a Annela, la hermana menor de Hadia, con la que previamente había quedado en llamar en cuanto llegase. Yo había insistido en cogerme un Taxi hasta su casa pero por supuesto, no me lo permitieron. Dijeron que llegaban en 30 minutos así que fui a tomarme un chai en un puesto que había abierto a la entrada de la estación cuando tres pasajeros de mi bus que todavía andaban por allí me interceptaron. Me trajeron a unas sillas para que me sentara junto a ellos y una vez más… el chai ya estaba pagado. Para cuando acabamos, Annela y Gulresh (madre de la familia) hicieron aparición y me apremiaron a meterme en el coche y salir de allí rápidamente. Con prisas me despedí del conductor y los pasajeros del bus para entrar de cabeza en el vehículo. Me explicaron que no era una buena zona y no les gustaba estar allí. Pensé que quizás por eso no me dejaban solo los 3 pakistaníes… una vez más, no lo sé. Pakistán me mantenía ignorante de cualquier peligro gracias a la seguridad que proporcionaba la gente de a pie.

Cuando llegamos a la casa y me enseñaron la habitación… casi lloro. Y creo que lloré cuando me pude duchar con agua caliente, aunque allí no me hiciera tanta falta como me hubiera hecho falta en las frías montañas también se agradecía después de tanto tiempo. Mientras e agua caliente me corría de la cabeza a los pies, rememoraba las vivencias en el norte de Pakistán, el estomago, la enfermedad que me dejo fuero de juego y el viaje por la autovía del Karakorum. Sin duda aquella carretera y aquellas montañas han dejado una huella en mí. Aquel viaje en bus había sido a la vez el más bizarro, intrigante y bonito que había hecho en toda mi vida. Un capitulo que aunque quedaba atrás, quedaba también en mi memoria para siempre. Me dije a mi mismo que ahora tocaba descansar y vivir aventuras nuevas. Me tumbé en una cómoda cama doble e inmediatamente me desmayé rendido al cansancio.

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